Ramón Marcos Chaves
Coadjutor (1910-1995)
Nacimiento: Rollán (Salamanca), 18 de septiembre de 1910
Profesión religiosa: San José del Valle, 8 de septiembre de 1929
Defunción: La Línea de la Concepción (Cádiz), 13 de octubre de 1995
Nació en el pueblecito salmantino de Rollán. De allí marcha el 31 de agosto de 1924 al entonces aspirantado de Cádiz. Y como aspirante coadjutor va formándose en el oficio de sastre, que no encajaría con su misión salesiana. Pasa a San José del Valle para el noviciado, culminado con la profesión religiosa el 8 de septiembre de 1929.
Inmediatamente recibe una única carta de obediencia, repetida varias veces: la de maestro y asistente, tarea que ejerció en numerosas casas de la inspectoría: Montilla, Arcos de la Frontera, Fuentes de Andalucía, Carmona, Sevilla-Triana, Málaga, Écija, Alcalá de Guadaíra, Campano y Algeciras, para aterrizar en La Línea de la Concepción, «su casa» nada menos que durante 33 años (1962-1995).
En todas ellas dejó la marca indeleble de su fidelidad y entrega a su trabajo educativo. Salesiano íntegro y modelo de buen educador. Los jóvenes alumnos experimentaron siempre su cercanía y entrega, encontraron siempre al amigo que necesitaban, al padre que orientaba y consolaba, al maestro que los curtía y educaba.
Admirable su presencia en los últimos años en medio del patio, entre profesores y alumnado, dando ejemplo de la asistencia tan recomendada por Don Bosco.
Ordenado y meticuloso, encargado en sus últimos años de atender la iglesia, todo estaba siempre a punto en las celebraciones litúrgicas en la que, entre bromas, los hermanos llamaban «la colegiata» o «catedral de María Auxiliadora». Vibraba en las fiestas de la Inmaculada y de la Hermandad de Cristo Rey, de la que era hermano de honor. Muchos lo recordarán siempre rezando el rosario en silencio, sentado en un banco de la iglesia.
Se sintió siempre orgulloso de su vocación de salesiano coadjutor que —decía— era la mano derecha de Don Bosco, aportación insustituible en la comunidad y la misión salesianas.
Reconocía que «nunca había estado enfermo», hasta que una noche, impresionado por la muerte de don Felicísimo, pidió confesión y alarmó a todos por la clara intuición que tenía de la inminencia de la suya. Hombre, en efecto, de excelente salud, a sus 85 años, tres semanas después cayó enfermo y fue hospitalizado. El Señor le concedió la muerte deseada, no repentina, sino apagándose poco a poco: del andador en el que se apoyaba para moverse de un lugar a otro, pasó a la silla de ruedas; de la silla de ruedas a casi no poder sostenerse en pie; postrado en cama solo estuvo un día, y pasó a la casa del Padre deslizándose muy pausadamente de esta vida. Falleció a los 85 años en La Línea de la Concepción el 13 de octubre de 1995.
Todos tenían la certeza de que había muerto un hombre bueno, un maestro ejemplar, un trabajador nato, un religioso cabal, un salesiano que entregó su vida por y para los jóvenes con una fe sencilla y honda.
Don Ramón era la historia viviente y escribiente de la casa de La Línea de la Concepción, a la que llegó en 1962, a solo cuatro años de su fundación, y allí se quedó, hasta su muerte, siendo «maestro de maestros». Porque hasta el fin ejerció el magisterio.