Miguel Gómez Medina
Sacerdote (1900-1991)
Nacimiento: Fuenteguinaldo (Salamanca), 18 de septiembre de 1900
Profesión religiosa: San José del Valle, 1 de marzo de 1919
Ordenación sacerdotal: Orihuela, 19 de junio de 1927
Defunción: Puerto Real (Cádiz), 23 de mayo de 1991
Nació en Fuenteguinaldo (Salamanca). Su vocación salesiana surge en la visita del salesiano don Julián Sánchez a la escuela del pueblo. Dos muchachos le siguieron: Esteban Corral y nuestro Miguel Gómez.
A los 13 años llega a Écija para hacer el aspirantado, que termina en Cádiz. En San José del Valle realiza el noviciado, con la primera profesión el 1 de marzo de 1919, y filosofía. El trienio de prácticas pedagógicas lo hace entre Sevilla-Trinidad (tres meses), San Benito de Calatrava (dos años) y el externado de la Trinidad.
Los cuatro años de teología los cursa en El Campello y se ordena sacerdote en Orihuela (Alicante) el día del Corpus (19 de junio de 1927).
El día de San Pedro celebra apoteósicamente su misa solemne. Hacía 30 años que Fuenteguinaldo no veía un misacantano. Más tarde, con ocasión de las Bodas de Oro sacerdotales, el pueblo lo nombró hijo predilecto.
Su etapa de joven sacerdote le lleva a las casas de Montilla y Alcalá de Guadaíra (1931-1937), como encargado del externado-escuelas gratuitas: años felices que acabarán con el estallido de la Guerra Civil en la que el colegio es expoliado, la iglesia quemada y los salesianos arrestados en el ayuntamiento y liberados de inmediato.
Fuera del trienio 1959-1962, pasado como confesor en el Hogar de la Diputación de Cáceres, los 51 años restantes los reparte entre Algeciras y Puerto Real.
Su arrolladora personalidad contrastaba con su diminuta figura. En Algeciras fue misionero de los jóvenes, como encargado de la escuela salesiana y, sobre todo, durante 17 años como profesor numerario de religión en el instituto nacional de la ciudad, de los que los tres últimos tuvo que aceptar la dirección (1956-1959). Los años algecireños lo harán misionero casi en tierra de primera evangelización.
Entonces los salesianos regentaban las tres parroquias de la ciudad. Durante 17 años fue párroco de San Isidro, la parroquia más pobre, una pequeña capillita que resultaba amplia para la escasa gente que iba a misa. Recorrió la parroquia casa por casa. La gente se abrió, bautizó a más de 500 adultos… Organizó la cofradía del Cristo de Medinaceli y María Santísima de la Esperanza y, en torno a la devoción a Nuestro Señor de Medinaceli, se formó una comunidad parroquial viva.
La parroquia albergaba el cerro de la Bajadilla, barriada de aluvión, con miles de vecinos, llegados en busca de trabajo y hogar, que vivían en chabolas inhabitables. Ante semejante espectáculo, dice Miguel, «nació mi otra vocación, además de la cristiana y salesiana, la de hacer casas y viviendas». Logró cambiar las 2.000 chabolas en pisitos confortables, surgió la escuela, la iglesia, como edificio material y comunidad eclesial, como en una parroquia veterana.
Continuó su labor en Puerto Real con los alumnos de la Institución Sindical, del colegio La Salle y en el club juvenil. Esa otra vocación de construir viviendas la continuó en Puerto Real. Creó la cooperativa de viviendas San Juan Bosco, que construyó 500 casas baratas, «casas familiares que eduquen y no pisos de solteros que sofoquen, casas en las que vivan como Dios manda», decía. Considerando indispensable la presencia de seglares comprometidos, trabajó en su formación, primero con la Acción Católica algecireña y luego en Puerto Real, con los cooperadores salesianos.
El 28 de enero de 1988 Puerto Real le otorgaba la Medalla de Oro y lo nombraba Hijo Adoptivo de la Villa como reconocimiento a su labor humanitaria, social y cultural. El Gobernador civil de Cádiz le impondría la Cruz de Alfonso X el Sabio (10 de junio de 1967) como reconocimiento oficial a la labor educativa y entrega apostólica a la juventud de la provincia.
Los tres últimos años, postrado en el lecho sin poder hablar, los puertorrealeños lo atendieron como a un padre. Falleció a los 90 años, el 23 de mayo de 1991, vísperas de la fiesta de María Auxiliadora. Los salesianos dejaron Puerto Real, pero allí queda don Miguelito, en cuerpo y alma, como fiel y perenne custodio de la labor realizada.