Olaechea Loizaga, Marcelino

Marcelino Olaechea Loizaga

Obispo (1889-1972)

Nacimiento: Barakaldo, 9 de enero de 1889
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 22 de octubre de 1905
Ordenación sacerdotal: Santander, 21 de diciembre de 1912
Ordenación episcopal: Madrid, 27 de octubre de 1935
Defunción: Valencia, 21 de octubre de 1972

Nació el 9 de enero de 1889 en Barakaldo (Vizcaya), hijo de una modesta familia obrera. Era un niño todavía cuando ingresó como alumno en el colegio salesiano de su ciudad y en octubre de 1901 marchó al aspirantado de Villaverde de Pontones en Cantabria. En Madrid-Carabanchel Alto hizo el noviciado y emitió la primera profesión el 22 de octubre de 1905.

Los estudios de filosofía los hizo al tiempo que daba clase y ejercía como asistente de los novicios. Marchó después a Foglizzo (Italia) para los estudios de teología, pero por problemas de salud tuvo que volver a España y los terminó en Carabanchel. En 1912 fue destinado al colegio de Santander como consejero escolástico y fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1912.

Ya sacerdote, después de un tiempo pasado en Lieja (Bélgica) perfeccionando su francés, fue enviado como director, con 27 años, a la recién fundada casa de La Coruña, donde permaneció durante un curso, ya que, al fallecer inesperadamente don Zoccola, fue enviado de director a Carabanchel Alto (1917-1922), sede del noviciado y estudiantado filosófico. A continuación, fue nombrado sucesivamente inspector de la tarraconense (1922-1925) y la céltica (1925-1933). En 1933, la Santa Sede lo nombró visitador apostólico de los 18 seminarios de las provincias eclesiásticas de Valencia, Granada y Sevilla.

Terminada esta ardua misión (según sus palabras) que desempeñó con bondad, delicadeza y precisión, y tras un curso ejerciendo como director de la casa de Madrid-Atocha, fue nombrado obispo de la diócesis de Pamplona, a los 46 años de edad. Su consagración episcopal tuvo lugar en la catedral de Madrid el 27 de octubre de 1935.

Tras años de mucho trabajo e ilusiones en Pamplona, que el pueblo navarro supo reconocer, fue promovido a la sede metropolitana de Valencia en 1946.

El 16 de junio de 1946 tomó solemne posesión de la diócesis de Valencia que rigió hasta 1966. Tras su dimisión, vivió acompañado de una pequeña comunidad de salesianos en un piso que la Congregación y la Caja de Ahorros pusieron a su disposición. En ella murió el 21 de octubre de 1972, a los 83 años de edad.

Dotado de una inteligencia viva y brillante y de una voluntad tenaz, adquirió desde joven una vasta cultura y una gran experiencia de gobierno. La salesianidad era un componente radical de su personalidad: en la realización de todas sus incumbencias episcopales mantuvo fielmente los valores e ideales del carisma de Don Bosco. El entonces rector mayor, don Luis Ricceri, aplicaba a don Marcelino lo que las Constituciones Salesianas afirman de Don Bosco: se dio en él una «espléndida armonía entre naturaleza y gracia: profundamente humano y rico en las virtudes de su pueblo, estaba abierto a las realidades terrenas; profundamente hombre de Dios y lleno de los dones del Espíritu Santo…» (artículo 49).

En los 11 años que rigió la diócesis de Pamplona, emprendió una ingente labor pastoral en la católica Navarra durante unos años trágicos y no fáciles. Su papel activo durante la Guerra Civil convirtió a Pamplona en la capital espiritual de la España sublevada. En ella acogió a numerosos perseguidos religiosos, religiosas, obispos y seglares en general y levantó su voz autorizada contra la durísima represión llevada a cabo por los nacionales en tierras navarras. El «No más sangre» de su homilía en la iglesia pamplonica de San Agustín, fue un grito que tuvo amplias repercusiones tanto en las tierras navarras como en toda España.

Acabada la contienda, se concentró en la reconciliación del pueblo navarro y en su labor pastoral. Son conocidas su Carta a los huerfanitos de Navarra, en favor de los hijos de los fusilados navarros, y sus cientos de intervenciones en favor de los encarcelados durante la postguerra en el tristemente conocido penal de San Cristóbal, que consiguieron salvar cuantiosas vidas y conmutar numerosas penas.

Sus continuas visitas pastorales a las parroquias, el año eucarístico y mariano (1946) con sus masivas concentraciones eucarísticas y marianas, la coronación de Santa María la Real de Pamplona, las misiones pastorales, las peregrinaciones a los tradicionales centros de espiritualidad navarros (Leyre, Irache…) y el comienzo de las «javieradas», el apoyo a las misioneras de Cristo Jesús… son sólo botón de muestra de esta ingente labor.

En su largo episcopado en la sede valentina, don Marcelino se destacó por su labor de carácter marcadamente social. Impresiona la sola enumeración de las principales iniciativas de carácter social que promovió en la diócesis de Valencia. Sus ojos, sus manos y sus pies vieron, tocaron y anduvieron por todos los campos donde hiciera falta hacer presente la caridad pastoral:

En el campo de la instrucción en todas sus formas dio origen a la Asociación Católica de Maestros de la provincia de Valencia (1947), el Patronato de Educación e Instrucción del Arzobispado de Valencia (1949), la Federación Católica de Padres de Familia (1959), la Escuela del Magisterio de la Iglesia «Beato Francisco Gálvez» (1958), la Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados (1958), las cuatro Filiales del Instituto de Enseñanza Media, el colegio Mayor Universitario «Santiago Apóstol» (1961), la Escuela de Capacitación Profesional Agrícola «San Marcelino» (1964), la Escuela de Deportes «Benimar» en las playas de Nazaret (1948), las colonias de verano de los niños y jóvenes pobres (1949-1960), los grupos de scouts católicos, la capilla del campo de fútbol de Mestalla (1964).

En el campo social, se creó el Instituto Social del Arzobispado (ISDA, 1948), el Instituto Social Obrero (ISO, 1948), el Instituto Social Patronal (ISP, 1948), el Instituto de Estudios Sociales (IES), el Consejo Diocesano de las Hermandades del Trabajo (1953), la Unión Territorial de Cooperativas del Campo (UTECO) y el cooperativismo agrario, el día del joven aprendiz (1953), las tómbolas y banco de Nuestra Señora de los Desamparados.

En cuanto a la promoción de la mujer, se crearon el Instituto Social Femenino (ISF), el Hogar Obrero Parroquial de Aprendizaje y Cultura (HOPAC, 1956), el Servicio Doméstico y la Institución Diocesana «La Divina Pastora» (1959), la Obra Social femenina de la Virgen de los Desamparados, la Escuela Diocesana de Asistentes Técnicas Sanitarias «Nuestra Señora de los Desamparados» (1953), las siete Escuelas Normales de Magisterio de la Iglesia para las jóvenes, el colegio Mayor femenino «Asunción de Nuestra Señora» (1956), el Instituto «Sedes Sapientiae» para religiosas (1957), la Escuela Diocesana de Asistentes Sociales (1958), los dos Colegios Filiales de Segunda Enseñanza para las jóvenes.

Como respuesta al problema de la vivienda, se levantaron los grupos de viviendas en Valencia (San Marcelino, Tendetes, Patraix, Benicalap, Virgen del Puig) y en distintas poblaciones valencianas (Serra, Villanueva de Castellón, Sueca, Játiva, Benisa, Torrente y Catarroja).

Pero importa destacar también su celo pastoral en la renovación de la fe del pueblo valenciano, que le llevó a promover las grandes misiones de 1949 y 1955, la celebración del Sínodo Diocesano de 1951 y el centenario del Santo Cáliz, el fuerte impulso a las devociones populares, especialmente la devoción a la Virgen de los Desamparados (recorrió toda la diócesis como misionero de la Virgen Peregrina), la construcción del gran seminario diocesano (ideado por su antecesor monseñor Melo) y la creación de 180 parroquias nuevas.

No se puede olvidar su comportamiento cuando Valencia sufrió la gran riada de 1957. Su voz se alzó, alta y cálida, para movilizar la caridad en ayuda de los necesitados. De los 8.000 damnificados, 5.000 recibieron alojamiento, medicinas y alimentación durante meses, en el palacio, en la catedral, en iglesias… Puso a subasta el báculo y el anillo episcopal, pues no le quedaba nada por dar. Era la manifestación de su finísima sensibilidad evangélica hacia los pobres y necesitados.

Monseñor García Lahiguera, que le sucedió en la sede valentina, resumía su figura de pastor con tres rasgos: un amor encendido a la eucaristía, una devoción fervorosa a la Virgen y un celo apasionado por las almas, que lo llevaba a dar y a darse con un amor tan grande a los jóvenes y a los pobres, que hizo de él una imagen del Salvador que pasó haciendo el bien a manos llenas.

En su hoja de servicios a la Iglesia cabe destacar, además de su ministerio episcopal en las diócesis de Pamplona y Valencia, su participación en el Concilio Vaticano II, en cuyas sesiones fungió como vicepresidente de la comisión para los seminarios y universidades católicas. En la junta de metropolitanos españoles, fue presidente de la comisión de seminarios, de la enseñanza, de los confines diocesanos y de la de emigración. Como obligado a los intereses de la patria, consintió en formar parte del consejo de regencia de la nación.

En 1966 se despedía de la diócesis valenciana:

«Entré pobre y salgo pobre», dijo al despedirse de su diócesis. Lo había dado todo. A los seis años de su despedida, el día 21 de octubre de 1972, después del rezo del santo rosario, entregaba su alma al Señor al que tan generosamente había servido.

Sus funerales, celebrados en la catedral de Valencia, dijeron lo grande que era el círculo de aprecio, veneración y gratitud que don Marcelino había creado en torno a su figura de pastor. Presidió el arzobispo, monseñor José María García Lahiguera, acompañado por el arzobispo de Pamplona, numerosos obispos, sacerdotes, autoridades y numerosísimos fieles. La Familia Salesiana se encontraba representada por muchísimos de sus miembros, encabezados por el consejero de la región ibérica, don Antonio Mélida, que ostentaba la representación expresa del Rector Mayor.

Sus restos, aunque él había indicado en su testamento que quería ser enterrado junto a sus hermanos salesianos en el cementerio de Benimaclet, descansan en la catedral de Valencia en la capilla de Santo Tomás de Villanueva, el arzobispo de los pobres.

El 7 de abril de 2013, en la catedral de Valencia, monseñor Carlos Osoro anunció la apertura del proceso de beatificación de don Marcelino Olaechea Loizaga, primer obispo salesiano de España.

Parte de sus escritos quedaron recogidos en dos volúmenes, bajo el título: Pasó haciendo el bien (Valencia, 1965).