Tomás González Puente
Sacerdote (1890-1971)
Nacimiento: Vitigudino (Salamanca), 19 de diciembre de 1890
Profesión religiosa: Sevilla, 26 de noviembre de 1908
Ordenación sacerdotal: Sevilla, 11 de marzo de 1922
Defunción: Sevilla, 29 de mayo de 1971
Nació en el pueblo salmantino de Vitigudino, en el seno de una familia muy cristiana, que entregó a la Congregación a dos de sus hijos: nuestro Tomás y Raimundo (Ramón), ocho años menor y que murió joven salesiano en Sevilla (21 de septiembre de 1925).
Con 16 años entra en el aspirantado de Écija, donde concluyó los estudios de humanidades, iniciados en Salamanca. Admitido al noviciado, lo hace en la casa de Sevilla-Trinidad, emitiendo los votos temporales el 26 de noviembre de 1908 y estudiando en la misma casa, durante dos años, filosofía. Luego emprende un prolongado y fatigoso trienio, para él de siete años (1910-1917), conjugando clases y asistencia con el estudio de teología, por las casas de Carmona, Cádiz, Écija, Utrera y Alcalá de Guadaíra. Después de una larga espera, es admitido a la profesión perpetua en Écija el 12 de septiembre de 1918. Y trasladado a Sevilla-Trinidad, va recibiendo ministerios y órdenes hasta ser ordenado sacerdote por el cardenal Ilundáin el 11 de marzo de 1922.
Estrena su sacerdocio en la misma casa como prefecto-administrador y luego como catequista de los artesanos. Pasa a Málaga, de nuevo como administrador, y durante el quinquenio 1930-1935 lo vemos de consejero escolástico en Ronda-Santa Teresa. Desde entonces, confesor en Alcalá de Guadaíra y Antequera, donde a inicios del curso 1941-1942 le sucede la desgracia que condicionó toda su vida. Estando sentado rezando el breviario junto a un brasero, perdió el conocimiento y cayó sobre él. Quedó muy maltrecho y fue trasladado a la casa de enfermos Don Bosco de Ronda, después a la de Sevilla-Trinidad y definitivamente a la de Triana, junto a la Cruz Roja, donde era atendido.
Llevó su larga enfermedad con una paciencia y calma extraordinarias. Arrastrando las piernas con la ayuda del bastón, siempre estaba en su puesto de guardia, asistiendo a los jóvenes apoyado en la barandilla del patio, mientras aspiraba el rapé. Y allí dejaba caer la palabrita oportuna, la conversación amena, el consejo paterno.
Gran aficionado del Betis C. F. y admirador de su paisano el torero El Viti, era un hombre de humor original y no conformista, agudo en sus apreciaciones. La devoción a María Auxiliadora y a Don Bosco era la propia del entusiasmo de los primeros salesianos.
Su vida se fue consumiendo poco a poco hasta que se apagó plácidamente la tarde del 29 de mayo de 1971, víspera de Pentecostés, a sus 80 años de edad.