Martín García, Anastasio

Anastasio Martín García

Coadjutor (1887-1967)

Nacimiento: Valdesangil de Béjar (Salamanca), 30 de mayo de 1887
Profesión religiosa: Sarrià, 8 de septiembre de 1906
Defunción: Tibidabo, 1 de julio de 1967

Nació el 30 de mayo de 1887 en Valdesangil (Salamanca), cerca de Béjar. Huérfano a los 6 años, ingresó como interno en nuestro colegio de Béjar, donde ese año hizo la primera comunión. Cuando la visita de don Rua, fue el niño escogido para declamarle una poesía de bienvenida; y recibió del sucesor de Don Bosco unas amables palabras, que guardó siempre en su corazón y fueron el inicio de su vocación.

El 3 de agosto de 1900 marchó a Sarrià para aprender el oficio de encuadernador. Allí mismo hizo el noviciado, coronándolo con la profesión religiosa como coadjutor salesiano, el 8 de septiembre de 1906.

Se dedicó a la enseñanza de la encuadernación, en la que llegó a ser un verdadero maestro. De él es el Manual del Encuadernador. Estuvo unos años en Valencia (1907-1913) y en seguida volvió a Sarrià, donde trabajó casi toda su vida, antes y después de la Guerra Civil (1913-1936, 1939-1953).

Cuando llegaron aquellos tristes años, se puso a buscar trabajo en Gerona y acudió a la «Encuadernación Palia». En cuanto el dueño supo que don Anastasio era nada menos que el autor del «Manual» por el que había aprendido el oficio, le admitió enseguida; y allí quedó hasta el final de la contienda.

En 1953 fue destinado al Tibidabo (1953-1967), donde murió el 1 de julio de 1967, a la edad de 80 años.

Sarrià fue el centro de su salesianidad, revestida de sencillez, piedad y laboriosidad. Era un modelo de piedad, de una piedad ordenada y equilibrada, corriente, normal, pero exquisita y profunda.

Modelo de laboriosidad, dedicaba horas y horas a las ocupaciones habituales que la obediencia le fue confiando: el taller de encuadernación, todos los talleres de artes gráficas, el teatro, la sala de recuerdos del Tibidabo, los pequeños quehaceres de la casa e incluso su responsabilidad de cabeza de familia en el piso de Gerona durante la guerra.

Siempre tuvo una sencillez encantadora para contar y actuar en teatro y sobremesas. Su naturalidad, su mimo, su encarnación de los papeles teatrales eran insuperables.

Don Anastasio representó maravillosamente su papel hasta el fin; sin ruido, tranquilo, apacible, con serenidad cristiana, sin aparentes dolores, hasta que se acabó el aceite de su lamparilla. Una suave sonrisa quedó dibujada en sus labios.