Aime Ghibaudi, Antonio

Antonio Aime Ghibaudi

Sacerdote (1861-1921)

Nacimiento: Cereseto (Italia), 4 de julio de 1861
Profesión religiosa: Turín-Valdocco, 10 de septiembre de 1879
Ordenación sacerdotal: Turín, 1 de febrero de 1885
Defunción: Bogotá (Colombia), 7 de julio de 1921

Nació el 4 de julio de 1861, en Cereseto (Alessandria, Italia). Fue alumno de los salesianos en Borgo San Martino, hizo el noviciado en Valdocco con don Julio Barberis y la profesión religiosa el 10 de septiembre de 1879. Tras realizar los estudios teológicos, fue ordenado sacerdote en Turín por monseñor Cagliero, el 1 de febrero de 1885.

Se le destinó en seguida a Sarrià, donde trabajó durante tres años como prefecto y catequista. Fue un año director de Rocafort, inspector de la tarraconense (1901-1903) y de Colombia (1903-1921); murió en Bogotá el 7 de julio de 1921, a los 60 años.

Don Aime era un hombre dinámico, de celo incansable, de actividad multiforme; las fuentes históricas coinciden y celebran su capacidad de trabajo, su espíritu de conquista y su sentido de propaganda. No era un hombre de despacho, lo suyo era actuar.

Tenía un temperamento fuerte y una extraordinaria capacidad para el diálogo, la gestión diplomática y la adaptación. Según el padre Viñas, fascinaba. La gente lo percibía muy cercano y al mismo tiempo como un hombre de Dios, piadoso y probado en la virtud.

Siendo director del incipiente colegio y oratorio de Rocafort, en uno de los barrios más subversivos de Barcelona, supo mostrar un tacto finísimo y delicado, una bondad y una simpatía verdaderamente admirables. El padre Viñas lo describía como «el divino impaciente», que no se conformaba con esperar a que la gente acudiera a su lado, sino que iba a buscarla a donde fuera: casas, fábricas, talleres… Cuando paseaba por las calles, por los mercados y las plazas, rodeado de una nube de chiquillos que no se apartaba de él, era saludado con efusión y afecto. Se acercaba a carreteros y obreros, se interesaba por sus asuntos; sin duda, era el sacerdote más conocido y querido de Barcelona. Comprendió como pocos las necesidades y las aspiraciones legítimas del trabajador moderno y, aun en medio del fuego del proletario reivindicativo, mantuvo perfecta libertad de movimientos, ayudando a todos. Organizó círculos y uniones católicas, escuelas diurnas y nocturnas, conferencias de propaganda, etc.

Fiel a los ejemplos de Don Bosco, don Aime no hacía nunca política; cuando se le preguntó sobre los partidos políticos de Colombia, respondió:

«Aquí, en Colombia, yo no veo ni liberales ni conservadores, solo hijos de Jesucristo, al que amo y deseo servir. Mi vocación es unir a los unos y a los otros, no separarlos… Mi único empeño es predicar con la palabra y el ejemplo la doctrina de Jesús, que es el amor, y enseñar a todos el verdadero camino».