Águila Bustamante, Francisco María del

Francisco María del Águila Bustamante

Clérigo (1879-1901)

Nacimiento: Sevilla, 7 de enero de 1879
Profesión religiosa: Sarrià, 18 de marzo de 1895
Defunción: Sant Vicenç dels Horts, 1 de junio de 1901

Poca suerte ha tenido este joven clérigo con las fuentes de información, pues son escasas y poco dignas de fiar. Nació en Sevilla, según consta en el ASC, el siete de enero de 1879, aunque Jesús Borrego diga que fue en 1872. Sus padres fueron Antonio del Águila y María Bustamante.

En los elencos de la Congregación aparece por primera vez en Sarrià en el año 1893, pero como «ascritto», calificación ambigua, pues valía tanto para los novicios, como para los aspirantes (en este caso significa, sin duda, aspirante); en 1894 vuelve a aparecer, pero con el apellido modificado en «Aguilar». En cambio no aparece en el elenco de 1895, que con toda probabilidad era el año de su noviciado. En efecto, en el ASC consta que profesó en Sarrià con votos perpetuos, cosa no rara entonces, el día 18 de marzo de 1895.

En el libro Cien años de presencia salesiana en Sevilla-Trinidad 1893-1993, de Jesús Borrego, se habla de él en la página 148 al tratar de la procedencia de los salesianos que habían trabajado los primeros años en dicha casa. De él dice: «Ya desde 1897 no falta algún socio de la tierra [Andalucía]. Dos antiguos alumnos de Utrera: el sevillano Francisco Águila (1872-1901), aparece esporádicamente en Trinidad durante el curso 1895-1896, recién profeso en Sarrià para tornarse de nuevo allá donde, estudiante de teología, muere en 1901; y Manuel Ortega de Arcos de la Frontera». En realidad no fue un año, sino que fueron dos los que pasó en Sevilla-Trinidad de donde pasó a Sant Vicenç dels Horts y allí permaneció durante los años 1898, 1899 y 1900.

Según don Manuel Hermida: «Hacía tiempo que el Señor le venía probando. Había tenido que sufrir varias operaciones muy dolorosas, a causa de un sarcoma, que degeneró luego en tuberculosis. Se mostraba en ellas tan sufrido, que el especialista que le operaba se vio obligado a decir, más de una vez: “Verdaderamente tiene la virtud y paciencia de un santo”. Gozaba de buenas cualidades para el apostolado, pues para apagar sus grandísimos deseos de trabajar en bien de las almas, aunque estaba muy débil, el superior le confió la asistencia de los aspirantes coadjutores, y tanto celo y habilidad demostró en tan delicado cargo, que los mismos aspirantes decían con frecuencia que, debido a su afabilidad, mansedumbre y paciencia, se veían como impulsados y estimulados a cumplir fielmente todos sus deberes». Pero la enfermedad seguía su curso inexorable. Una tos pertinaz no le dejaba descansar ni de día ni de noche. Sus pulmones no podían más. Los más exquisitos cuidados resultaban impotentes ante la gravedad del mal. Hasta que Francisco María llegó a convencerse de que estaba próximo su fin y se preparó a él con toda su alma. Ya no quiso saber más que de Jesús y del momento de abrazarse a Él.

Y el 1 de junio de 1901, sábado, tal y como él deseaba, terminado el mes de María y cuando se abría el del Corazón de Jesús, expiraba en la paz del Señor.