Ildefonso Aizpuru Aranguren
Coadjutor (1889-1964)
Nacimiento: Azpeitia, 23 de enero de 1889
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 13 de septiembre de 1907
Defunción: El Bonal-Puertollano (Ciudad Real), 11 de diciembre de 1964
El señor Aizpuru, como fue conocido, había nacido el 23 de enero de 1889 en Azpeitia (Guipúzcoa). Allí cursó sus primeros estudios. Sintió la vocación salesiana a los 14 años, e ingresó en el aspirantado de Villaverde de Pontones (Santander).
Realizó el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó el 13 de septiembre de 1907. Durante diez años trabajó en esta casa de Carabanchel Alto al frente de la granja y de la huerta, que transformó en una explotación modelo en su género.
En 1917 fue destinado a Sarrià, donde trabajó incansablemente otros 10 años. Habiendo pasado brevemente por las casas de Astudillo, Orense y Paseo de Extremadura, en 1929 fue trasladado a la nueva fundación de Mohernando, que había de ser aspirantado, noviciado y filosofado. Allí permanecería hasta 1955, entregando los mejores años de su vida al cuidado de las tierras y los ganados, siendo modelo de fe recia y trabajo incansable para los numerosos salesianos que se formaron en aquella casa.
Sufrió cárcel durante la Guerra Civil. Puesto en libertad, buscó empleo en una vaquería y mitigó con su ayuda las penurias de los salesianos que sobrevivieron en Madrid durante aquellos años.
En 1953 sufrió una congestión cerebral que le dejó secuelas de movilidad en la parte derecha de su cuerpo. En 1955 fue destinado a crear y dirigir la huerta de la escuela agrícola de Saldañuela (Burgos). No solo educó a muchos jóvenes en el arte de la labranza, sino que también acudían por su consejo y pericia cientos de campesinos burgaleses.
En busca de un clima más benigno a su quebrantada salud, en 1960 fue trasladado a la casa de El Bonal, en Puertollano. Debido a una nueva recaída, falleció el 11 de diciembre de 1964.
El señor Aizpuru queda en la memoria de la antigua inspectoría de Madrid como modelo de coadjutor por su laboriosidad infatigable, acendrada piedad, exquisita amabilidad y un estilo de vida luminosamente sobrio y austero. Al enterarse de su muerte, más de un salesiano exclamó: «El señor Aizpuru ha entrado en el cielo con la azada al hombro».