Manuel Albizuri Arocena
Sacerdote (1925-1982)
Nacimiento: Azkoitia, 23 de septiembre de 1925
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 26 de agosto de 1943
Ordenación sacerdotal: Martí Codolar, 28 de junio de 1953
Defunción: Sonapahar (India), 30 de septiembre de 1982
Vasco, cien por cien, atlético, dinámico, inteligente y en continuo movimiento, había nacido en Azkoitia el 23 de septiembre de 1925, en el seno de una familia profundamente cristiana y religiosa. Inició en Huesca el aspirantado, que continuó en Sant Vicenç dels Horts, donde hizo también el noviciado, coronado con la profesión religiosa el 26 de agosto de 1943. Estudió filosofía en Gerona y después del trienio, cursó teología en Carabanchel Alto y Martí-Codolar. Una vez ordenado sacerdote en Barcelona el 28 de junio de 1953, eligió marchar a las misiones de la India.
Para el inspector, el padre Mathai Kochuparampil, de quien se toman estos datos, «el padre Albizuri fue una de las figuras más impresionantes de los años 1970-1980 en la región noreste de la India, un hombre de fe profunda y de un sacrificio total, rayano en el heroísmo».
Su primer campo de apostolado fue la casa de formación en Kotagiri y luego la de Yercaud, al sur de la India. Aquí se ajustó muy bien a la vida de la misión y, para acostumbrarse a las dificultades, dormía en el suelo. Finalmente logró cumplir su sueño de dedicarse a la tarea de difundir el evangelio de Cristo entre la gente de la región nororiental.
Llegado a Shillong, se entregó al servicio del evangelio en Marbisu, Jowai, Nongstoin, Laitumkhrah y finalmente en Sonapahar. En estos lugares, en los que la pobreza estaba a la orden del día, se enfrentó a todo tipo de situaciones con gran entusiasmo y sin desanimarse ante las dificultades. Dormía en cualquier lugar, incluso en el establo de vacas (y él agregaba con buen humor: «¡A la vaca no le importó!»). Se acomodó a las lluvias de los monzones, al hambre, a la incomodidad de las sanguijuelas, a los largos y arduos viajes por terrenos intransitables…
Padre Albizuri era un aventurero nato, un hombre sin miedo, profundamente enamorado de su vocación, sostenido por una fe viva y un optimismo juvenil contagioso. Amaba la jungla y la vida de la naturaleza; la gente de la jungla eran sus propios hermanos y hermanas.
Era un hombre de Dios con los pobres y vivía muy cerca de su gente.
Tenía la constitución de un luchador y su fuerza era proverbial. Salvó muchas vidas y socorrió a la gente, evitando la intrusión de las manadas de elefantes en las aldeas, y así ayudaba a las personas a salvar sus cultivos e incluso sus propias casas. Era un tirador de gran reputación y fue aclamado por muchos como uno de los mejores cazadores de la región. Disparó para salvar a su gente y, a menudo, para alimentar a sus niños y niñas.
Conocía las costumbres de su pueblo y quería que el cristianismo fuera algo que le perteneciera a la gente y que formara parte de su vida. Por eso estaba profundamente relacionado con las costumbres del pueblo.
Nadie sabrá los viajes y los peligros que se acumularon en los 57 años de vida del padre Albizuri.
Era sincero, honesto y realmente «grande», grande de corazón y de pensamiento, y muy querido por su pueblo. Estando una vez recorriendo la zona, fue aquejado de graves fiebres tifoideas, con altas fiebres y escalofríos. La gente preparó entonces una camilla de bambú, cargaron sobre ella sus casi 100 kilos y lo llevaron a hombros durante 100 kilómetros hasta la casa de la misión de Sonapahar.
Pero en el momento más inesperado, Dios llamó a su siervo. El 28 de septiembre de 1982, regresaba de Shillong, donde había participado en el retiro mensual con el resto de misioneros salesianos, y se quedó en Nongstoin para hacer algunas compras. En la mañana del 30 de septiembre inició el que sería su último viaje. En el jeep iban con él el catequista de Sonapahar y un chico de la escuela. Después de recorrer unos 32 km con un jeep completamente cargado, a unos 10 km de la misión, el vehículo volcó. El padre Albizuri, debido a las graves heridas recibidas en la cabeza, falleció casi instantáneamente. El catequista quedó maltrecho, el niño fue el único que quedó a salvo. Cubrió al padre Albizuri con un paño y echó a correr; llegó a la misión y, llorando, comunicó la noticia: «¡Fr. Albi ya no existe!». En el lugar del accidente, la gente erigió después un monumento en su memoria.
El cuerpo fue llevado a Shillong, donde se ofreció una digna despedida al gran misionero. El celebrante principal del funeral fue monseñor Flubert D’Rosario, con otros cinco obispos y unos 80 sacerdotes.