Tomás Alonso del Río
Sacerdote (1915-1977)
Nacimiento: Mudá (Palencia), 29 de diciembre de 1915
Profesión religiosa: Chieri-Villa Moglia (Italia), 1 de enero de 1931
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 8 de junio de 1941
Defunción: Cruces-Barakaldo, 7 de septiembre de 1977
Los padres de don Tomás vieron bendecido su hogar con 11 hijos. El último, Tomás, sería el abanderado que atraería a la Congregación y al Instituto de las Hijas de María Auxiliadora un verdadero batallón de muchachos, amigos y familiares.
Los primeros años de su vida salesiana los pasó en Astudillo, de donde marchó a Italia para hacer el noviciado y los estudios de filosofía en Chieri (Villa Moglia) y Foglizzo.
Hizo los estudios de teología en Carabanchel Alto y fue ordenado sacerdote coincidiendo con el centenario de la primera misa solemne de Don Bosco. Estrenó su sacerdocio como catequista de aspirantes en Madrid-Carabanchel Alto y al año siguiente, con este mismo cargo, en Santander.
En 1943 don Modesto Bellido le ofreció el que él mismo calificó en sus escritos como bello apostolado vocacional. «Cual nuevo Quijote —escribía—, en aquel julio empecé las campañas vocacionales. Viajes incómodos, interminables horas de espera, sacrificios sin cuento, calor, hambre, carros, bici, la inolvidable moto Peugeot, el Seat humilde…». Este amor profundo a las vocaciones y su sensibilidad misionera le llevaron a cubrir auténticas jornadas maratonianas en busca de candidatos para la Familia Salesiana.
Sobre esta actividad escribió don Modesto Bellido: «Don Tomás merece la gratitud de las tres inspectorías del Centro y del Norte de España». Llama la atención el entusiasmo con que cumplió su misión. Se diría que para él no existían obstáculos cuando se trataba de las vocaciones.
El buen humor de don Tomás fue siempre un mensaje de esperanza, de alegría y de optimismo para todos, tanto en las charlas amenísimas y en sus clases, en los largos ratos en el club con los seminaristas o con el grupito que él cuidaba como preaspirantado, como en su entusiasmo difundiendo la revista Juventud Misionera y su trabajo con los sellos para ocupar y preocupar a estos jóvenes.
En la Escuela de Maestría de Barakaldo y de Bilbao-Deusto y finalmente en Cruces-Barakaldo, hermanos, alumnos y antiguos alumnos pudieron constatar el sacrificio callado, las largas horas de oración, la puntualidad en los rezos y la vida de comunidad, así como sus largos ratos ante el sagrario.
Y al mismo tiempo se le veía solícito y preocupado por las notas y calificaciones de quienes tenían esperanzas por hacer el cursillo en el verano, la correspondencia, las visitas, atender a los padres de los jóvenes, a los bienhechores de las vocaciones, preparar las becas, solicitar obsequios para las rifas que eran constante estímulo en los suscriptores de las revistas misioneras y en los juegos del círculo misionero, las interminables horas de presencia entre los chicos (especialmente en las largas jornadas de vacaciones), sin descuidar la atención a las prácticas de piedad recomendadas por los formadores en el seminario.
Su muerte sorprendió a todos. En su diario, don Tomás dejó escrito: «… Con las obras estoy escribiendo la novela de mi vida. Procuro revestirla de sazonada prosa e ilusionada poesía y, al final, quisiera poder firmarla con mi verdadero nombre: Un salesiano santo».