Amores Jiménez, Federico

Federico Amores Jiménez

Clérigo (1909-1934)

Nacimiento: Sevilla, 10 de julio de 1909
Profesión religiosa: San José del Valle, 4 de octubre de 1930
Defunción: Ronda, 28 de junio de 1934

Nació el 10 de julio de 1909 en Sevilla, hijo de los condes de la Torre de Guadiamar, una familia noble y piadosa. Además de Federico, tuvieron dos hijas religiosas.

En 1919 ingresa en el colegio de Utrera, en el que cursa la enseñanza elemental y los tres cursos de bachillerato. Pasa luego a los maristas de Jerez de la Frontera (Cádiz), donde obtiene el título de bachiller en 1926.

Decide entonces, tras una conversación y unas sugerencias del inspector salesiano de la inspectoría bética, a la sazón don José María Manfredini, hacerse salesiano. Pero entró en el seminario diocesano de Sevilla y frecuentó nuestro oratorio. En el curso 1927-1928 es enviado a estudiar al seminario pontificio de Comillas, dirigido por los jesuitas. En julio de 1929 participa en una peregrinación a Roma y logra conversar con el papa Pío XI. Al regreso, vuelve a escribir al inspector, que lo invita a la tanda de ejercicios espirituales para los prenovicios. Participa y de nuevo decide presentar la petición para entrar en el noviciado, petición que fue aceptada con la condición de obtener primero el permiso de los padres.

Obtenido, por fin, este permiso, ingresa en San José del Valle el 24 de septiembre de 1929. Concluido este año, el 4 de octubre de 1930 emite la primera profesión, hasta el servicio militar, que cumplió del 1 de febrero al 31 de julio de 1931. Como le faltaban solo algunas asignaturas, permanece en San José del Valle el curso 1931-1932, como asistente de novicios. El curso siguiente lo pasa en el colegio de Ronda, saca el título de maestro nacional y el 2 de octubre inicia teología en el estudiantado de Carabanchel Alto.

El 15 de junio de 1934 emite los votos perpetuos. El 21 de junio parte para Ronda. El día 28, cenó normalmente, dio un paseo con otros dos salesianos y después de las oraciones se acostó. A la mañana siguiente, fiesta de San Pedro y San Pablo, fue encontrado muerto en su lecho.

De familia noble y adinerada, algo inusual entre los salesianos, eligió dedicar su vida al bien de los demás, especialmente de los niños más pobres, en la Congregación Salesiana. Nunca hizo valer en su favor su estatus socioeconómico. En los primeros días del noviciado, al verlo sus padres con una sotana muy usada, le dieron dinero para que se hiciera comprar otra. Él lo entregó al director, quien lo utilizó para necesidades de la casa. Tuvo también la ocasión de asistir a la canonización de Don Bosco (1 de abril de 1934), pues su madre le pagaba todos los gastos, pero él renunció a aquel privilegio.