Santiago Antón Navas
Sacerdote (1913-1986)
Nacimiento: Hinojosa del Duque (Córdoba), 27 de noviembre de 1913
Profesión religiosa: San José del Valle, 21 de noviembre de 1933
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 25 de junio de 1944
Defunción: Mérida (Badajoz), 26 de junio de 1986
Santiago ve la luz en la villa cordobesa de Hinojosa del Duque en el seno de una familia dedicada a las tareas del campo y profundamente cristiana.
Aspirante en Montilla, a sus 19 años, pasa a San José del Valle para hacer el noviciado, que corona con la profesión religiosa el 21 de noviembre de 1933, y a continuación cursa durante dos años los estudios filosóficos. En 1935 es destinado, como maestro y asistente, primero a Cádiz y luego a Córdoba. En la misma Córdoba, en 1940, inicia los estudios de teología, proseguidos en Carabanchel Alto hasta que, superadas enormes dificultades, es ordenado de presbítero el 25 de junio de 1944.
Su primera carta de obediencia, como sacerdote, lo destina a Málaga, de consejero escolástico. Y en este cargo, con el denominador común de «maestro y asistente», desarrollará su trabajo durante 40 años (1947-1986), recorriendo gran parte de las casas de la geografía inspectorial: Écija, Córdoba, SevillaTrinidad, Cáceres, Carmona, por dos veces, Sevilla-Hogar de San Fernando y Jerez-Escuela Profesional, Mérida, Algeciras, Rota, San José del Valle y finalmente, de nuevo, Mérida.
Santiago, a la chita callando, era un dechado de generosa disponibilidad y reconocido desprendimiento. Disponibilidad ante ciertas obediencias no siempre fáciles.
Santiago era muy desprendido. Poseía poca ropa, pocos libros, pocas cosas y una habitación verdaderamente pobre. Por el contrario, era generoso en dar y prestar lo poco que poseía, especialmente con las personas modestas y el personal de servicio.
Su actitud de plena disponibilidad a la voluntad de Dios estaba radicada en un hombre de fe, que la expresaba con una piedad sincera —de popular la calificó alguien— y siempre apostólica. Sobresalía en su espiritualidad el amor filial a María Auxiliadora, de cuya devoción fue gran apóstol.
Pero, sin duda, el rasgo más significativo de su salesianidad fue el haber dedicado gran parte de su vida a los ambientes de los muchachos más pobres en aquellas presencias salesianas donde la marginación, en sus múltiples facetas, era manifiesta. «Con los niños pobres siempre me he encontrado a gusto», confesaba recordando los años pasados en el Hogar de Cáceres y en el de San Fernando-Sevilla (Macarena). En fin, fue un salesiano de los entregados a los destinatarios más pobres y abandonados, sin alardes, sino en la obscuridad y en la brega diaria. El clásico salesiano trotapatios.