Enrique Arrieta Cabrero
Sacerdote (1928-1989)
Nacimiento: Madrid, 15 de julio de 1928
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1950
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 24 de junio de 1959
Defunción: Madrid, 2 de agosto de 1989
Nació en Madrid el 15 de julio de 1928. La Guerra Civil le sorprendió en un pueblo de Segovia. Los años de la contienda tuvo que estar separado de sus padres y dedicado a tareas del campo.
Tras el conflicto, entra en los salesianos de Atocha. Participa en el pequeño clero formado por don Paquito, don Francisco González. Termina sus estudios primarios y se coloca de botones en el Banco Hispano-Americano. Trabaja en el banco y colabora con don Higinio Arce en el círculo Domingo Savio. Junto a José Sánchez y Jesús de Vega frecuenta el Hogar del Empleado, fundación del padre Morales. Los tres irán al noviciado de Mohernando y se harán salesianos.
Después de los estudios de filosofía realizados en el colegio de San Fernando, hace el trienio en Arévalo, teología en Carabanchel Alto y es ordenado el 24 de junio de 1959. Sorprendentemente, su primera obediencia como sacerdote es la de confesor de los aspirantes en Zuazo. Adquirió un ascendiente enorme como guía espiritual entre aspirantes y clérigos. Más tarde, es nombrado primer director del aspirantado de coadjutores de Urnieta, en el que imprimió un indeleble sello salesiano con naturalidad y entrega. Regresó un tiempo a Zuazo como director (1966-1972) y fue nombrado director de Burceña, en Barakaldo.
En 1979 pidió pasar a la inspectoría de Madrid por atender más de cerca a una hermana. Fue nombrado párroco de la nueva presencia de los salesianos en Alcalá de Henares-Las Naves. Al poco tiempo de estar allí, sufrió una grave trombosis que le dejó importantes secuelas. Pasó al aspirantado de coadjutores de Carabanchel como profesor de Religión y confesor. También allí, se hizo querer por su bondad, realismo y profundidad en la atención a los muchachos y en la guía espiritual. Una nueva trombosis en el verano de 1989 acabó con su vida.
Se le recordará, sobre todo, por su bondad, por su optimismo realista ante la vida y el mundo, por hacer suya la máxima del diálogo que el papa Pablo VI eligió como enseña de su pontificado.