José Calasanz Marqués
Sacerdote (1872-1936)
Nacimiento: Azanuy (Huesca), 23 de noviembre de 1872
Profesión religiosa: Sarrià, 1 de septiembre de 1890
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 21 de diciembre de 1895
Defunción: Valencia, 29 de julio de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Juan Pablo II, el 11 de marzo de 2001
Nació en Azanuy (Huesca) el 23 de noviembre de 1872, de una familia de labradores. A los 10 años, perdió al padre y a los 12, a su madre. Poco tiempo después de la muerte de esta (agosto de 1883), su hermana Dolores le llevó a Barcelona, donde servía en casa de los señores Fontcuberta, quienes, como buenos cooperadores salesianos, pagaron a José la estancia en el colegio-taller de Sarrià. Allí conoció personalmente a Don Bosco cuando en su visita a Barcelona, en abril-mayo de 1886, vivió en aquella casa. Calasanz tenía entonces 13 años.
Pronto se encaminó hacia la vida salesiana. Tuvo la fortuna de formarse al lado de don Rinaldi, quien dirigía la casa desde el año 1889. Ese mismo año recibió la sotana de sus manos y profesó en Sarrià el 1 de septiembre de 1890. Fue ordenado sacerdote en Barcelona el 21 de diciembre de 1895, cuando solo contaba 23 años. Se convertía así en el primer sacerdote salesiano español.
Fue secretario ejemplar de don Rinaldi, profesor de bachillerato y redactor de la hojita dominical El Oratorio Festivo. Fundó el colegio salesiano de Mataró cuando, en 1905, se trasladó allí con la sección de bachilleres que, bajo su dirección funcionaba desde dos años antes en la torre llamada La Esmeralda, de Les Corts de Sarrià. Estuvo al frente del colegio 11 años (1905-1916), en los que demostró un tacto exquisito y una gran madurez de juicio. A continuación, marchó, como misionero, a tierras de Cuba y en 1923 fue enviado a regir la inspectoría peruana-boliviana, cargo que ejerció hasta 1925. De regreso a España fue nombrado inspector de la inspectoría tarraconense.
Era un gran salesiano: trabajador, serio, enérgico a veces, pero padre y amigo de todos, educado, humilde y servicial, una persona de gran corazón, caracterizado por su delicadeza, paternidad y amabilidad, atento con todos los hermanos. Hablaba con gran vehemencia. Sentía lo que decía. Afirmó un día: «Es que yo, lo que siento muy hondo, lo digo muy alto».
El 16 de julio de 1936 se encontraba con otros salesianos realizando la tanda de ejercicios espirituales que había comenzado en la casa salesiana de Valencia-Calle Sagunto. Al darse cuenta de la nueva situación que se estaba creando en la ciudad de Valencia a partir del sábado 18, optó por tranquilizar a sus salesianos y dispuso que se interrumpiera la tanda de ejercicios.
El martes 21 todos los salesianos residentes en la casa —ejercitantes y no— fueron llevados a la cárcel Modelo de la cercana localidad de Mislata. Desde allí, escribió al rector mayor, don Pedro Ricaldone: «No sé el tiempo que nos tendrán aquí… y mucho menos la muerte que puede esperarnos. Pero nuestra confianza está puesta en Dios y en la protección de María Auxiliadora y de nuestro padre san Juan Bosco…».
Fueron liberados en la madrugada del miércoles 29 de julio. Pero don Calasanz y tres salesianos más, fuera ya de la cárcel, fueron detenidos de nuevo y llevados al Comité, donde, tras ser reconocidos como sacerdotes y religiosos, les hicieron subir a una camioneta, camino del Gobierno Civil. Llegaron a Valencia. Junto al puente de San José, un jovenzuelo miliciano que les acompañaba disparó, sin previo aviso, contra la cabeza de don José Calasanz, que cayó herido de muerte sobre el salesiano don Florencio Sánchez. Don Recaredo le dio la absolución y poco después depositaron el cadáver en la Casa de Socorro de Valencia. Los otros tres salesianos terminaron aquella triste jornada en el mismo sitio que habían abandonado por la mañana: en la cárcel celular de Valencia.
Sus restos, identificados después de la guerra, fueron trasladados al panteón que los salesianos tienen en el cementerio de Benimaclet (Valencia), y trasladados después a la capilla dedicada a los mártires salesianos españoles en la parroquia salesiana San Antonio Abad de Valencia.
La figura de don José Calasanz, de voz fuerte y aspecto dominador, lleno de bondad y de ternura, puede encerrarse en una sola palabra: «corazón». Corazón de padre, corazón de amigo, corazón de hermano.