Calonge Parra, Francisco Javier

Francisco Javier Calonge Parra

Sacerdote (1931-1969)

Nacimiento: Logroño, 10 de enero de 1931
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1949
Ordenación sacerdotal: Posadas (Córdoba), 24 de junio de 1961
Defunción: Madrid, 8 de agosto de 1969

Nacido en Logroño, pronto su familia se traslada a Cuenca. Estudia en el seminario de Cuenca. Conociendo a los salesianos, cambia e ingresa como aspirante en Astudillo. Hace el noviciado en Mohernando, profesa en 1949 y estudia filosofía en San Fernando. Correspondiendo a sus deseos misioneros, los superiores le envían a realizar el tirocinio práctico en el aspirantado de Puebla, en México. Allí pasó dos años. El tercer año lo inició en enero de 1955 en el instituto Centro América, en Huipulco, al sur de la ciudad de México. En el mes de septiembre dejó el internado para ir a estudiar teología en Bollengo. En 1960 se traslada al nuevo teologado salesiano de Posadas (Córdoba-España), donde es ordenado sacerdote el 24 de junio de 1961. Ya siendo sacerdote, el padre Francisco Javier no regresó a México, sino que permaneció en su inspectoría de origen, la inspectoría de Madrid. Perfecciona sus estudios de teología y ciencias sociales en el Instituto León XIII de Madrid.

Su primer destino fue en 1962 a Ciudad Real. Allí el padre Calonge fue catequista, o animador de la vida religiosa y sacramental, ayudando a los alumnos a participar con gusto en la enseñanza religiosa, en las funciones de iglesia y en los grupos religiosos de formación cristiana. En 1963 pasó al colegio de María Auxiliadora de Salamanca y en 1964, a la cercana ciudad salmantina de Béjar como catequista de la obra salesiana de ese lugar. En el año 1966 fue destinado a la obra salesiana de La Paloma, en Madrid. Después, en 1968, lo encontramos como catequista en las escuelas profesionales de Pizarrales en Salamanca, Por último, en 1969 realizó su actividad de educador y evangelizador en la escuela de automovilismo de Carabanchel Alto.

En su labor sacerdotal en las casas se distinguió por una entrega incondicional, llegando a ejercer un gran influjo entre los jóvenes del recién creado movimiento ADSIS. Cuando se disponía a marchar de nuevo a México, sufre una grave embolia cerebral y muere a los pocos días en Madrid el día 8 de agosto de 1969. Disponible, piadoso, sociable, el rasgo más destacado de su ser salesiano sacerdote fue la sonrisa franca que nunca le abandonó.