Carreño Echeandía, José Luis

José Luis Carreño Echeandía

Sacerdote (1905-1986)

Nacimiento: Bilbao, 23 de octubre de 1905
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1922
Ordenación sacerdotal: Gerona, 21 de mayo de 1932
Defunción: Pamplona, 29 de mayo de 1986

Nació en Bilbao el 23 de octubre de 1905. Fue la madre de don José Luis la que le inició en el misterio eucarístico, le preparó a la primera comunión que recibió a los 7 años y sobre el que dejó escrito que: «Cuando el abrazo eucarístico nos llega muy temprano en la vida, el alma queda marcada por Él para siempre».

Tras el aspirantado en Santander, fueron las casas de El Campello, Carabanchel Alto, Sarrià y Gerona las que jalonaron sus primeros años de vida salesiana. Ya en esos primeros años llamaba la atención su vocación de artista.

Terminados los estudios teológicos, recibió la ordenación sacerdotal en Gerona el 21 de mayo de 1932, tomando como lema la frase de san Pablo: Omnia Christus (Col 3,11), (Cristo lo es todo). Pidió ir a las misiones y fue enviado a la India.

Monseñor D’ Rosario nos deja esta descripción:

«El Señor lo había colmado de grandes dotes que nos hicieron aumentar nuestro amor, respeto y obediencia hacia él. Tenía cualidades de mente y corazón. Era un profesor brillante, predicador convincente; poeta, matemático, científico, escritor y teólogo. Nosotros, como alumnos, deseábamos escuchar sus lecciones, pero fue su corazón paterno el que nos conquistó para él. No teníamos comida abundante, ni dinero, pero nadie se lamentaba: la casa era un paraíso».

En la India, durante la guerra de independencia, los extranjeros, misioneros o no, pertenecientes a las naciones aliadas con Gran Bretaña, fueron a parar a campos de concentración. Por fortuna, don Carreño pertenecía a una nación neutral y pudo ser paño de lágrimas e intercesor ante las autoridades para todos.

Puso su máximo interés en la búsqueda y formación de las vocaciones nativas. Recorría centros y escuelas, hablaba de Don Bosco, entusiasmaba con el ideal de la salvación de las almas, atraía con su felicidad y su sencillez, con su alegría hecha acercamiento y música.

Fue inspector de la India sur. Monseñor Mathias le invitó a hacer de vicario general de la archidiócesis de Madrás, lo cual le confirió el título de monseñor, con que por aquellos años se le solía llamar también cuando aparecía por Europa. Los que le conocieron entonces en España no han olvidado sus canciones, con las que comunicaba a todos el entusiasmo misionero.

Creó en la India casas de formación de todo tipo, con estudios y titulaciones de alta calidad y obras de valor social. Gracias a él, la India salesiana comenzó a crecer con vocaciones nativas. Casi 30 años pasó don Carreño en la India, entre Madrás y Goa.

En los años cincuenta visitó la España salesiana y su entusiasmo misionero prendió en muchos jóvenes salesianos que le siguieron a la India y a su lado entregaron sus mejores años en las obras salesianas de aquel país.

Estuvo también en Filipinas, donde asimiló en seguida la mentalidad de los filipinos y supo organizarse para encontrar los medios necesarios para el cultivo de las vocaciones. En la casa de Canlubang construyó una gran escuela y obtuvo el reconocimiento oficial para que los estudiantes de filosofía pudieran lograr las titulaciones necesarias. Cumplida su misión en Filipinas, la obediencia le devolvió al mundo de Occidente.

Vuelve a España y reparte su estancia entre la comunidad que acompañaba a don Marcelino Olaechea, arzobispo de Valencia, sus hermanas y su cuñado, el escultor Jorge Oteiza, y la Procura Misionera de Madrid.

En su mente bullía una idea: el Hogar del Misionero. Junto a Pamplona, en Alzuza, la Providencia le deparó la casa de sus sueños: una casita preciosa, con la iglesia al lado y con posibilidades de ampliación. Así nació el Hogar del Misionero. Desde entonces, su vida se centró en Alzuza.

Su cama no conoció las sabanas: él quiso vivir hasta su muerte arropado en una manta, para conservar la vida de pobreza propia de un misionero.

La larga vida de este gran salesiano se convirtió en un continuo darlo todo por el Reino de Dios. Fue consciente, desde hacía mucho tiempo, de la proximidad de su muerte; nunca la temió; la consideraba como el encuentro con el Maestro, con el Dios Padre de las misericordias. Profesaba una gran devoción a san José y le pedía que le diese pronto una buena muerte.

Sin duda, la eucaristía constituía el acto central de cada día de su vida, también en los últimos años. Nunca dejó de celebrarla. Su relación con la Santísima Virgen era filial, de inmensa confianza; se sentía hermanito de Jesús e hijo de la misma Madre. Por Don Bosco sentía una verdadera y filial admiración. Lo que más le dolía era la desfiguración y el empequeñecimiento que algunos pudieran hacer del gran Don Bosco.

Don José Luis Carreño fue un regalo de Dios y de María Auxiliadora a nuestra Congregación, a España, a la India, a Filipinas, a la Iglesia.

Se entregó a la lectura de muchos libros; y se dedicó a escribir, para lo que tenía cualidades extraordinarias: claridad de ideas, dominio de idiomas, imaginación de poeta, capacidad de profundización, facilidad de divulgación, gracia en el decir. Su amplia bibliografía abarca los temas misioneros (Por qué me hice misionero, Cosas de la India, Narra un misionero, Singladuras indias…), composiciones poéticas (Urdimbre en el telar, A ti levanto mi alma, Chispas del trópico…), estudios sobre la sábana santa de Turín (El retrato de Cristo, La Sindone, La señal…).

Falleció en Pamplona, el 29 de mayo de 1986, a los 80 años. Sus restos descansan en el Hogar del Misionero de Alzuza, junto a los de su hermana y su cuñado, el escultor Jorge Oteiza.