García González, Pedro

Pedro García González

Coadjutor (1938-2020)

Nacimiento: Labandera (León), 21 de octubre de 1938
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1957
Defunción: León, 17 de marzo de 2020

Nació Pedro en el pueblo de Labandera de la provincia de León. Tras los estudios elementales en su pueblo y los correspondientes de preparación al noviciado marchó a Mohernando, donde comenzó su noviciado con 18 años y donde profesó el día 16 de agosto de 1957.

Inmediatamente fue enviado a realizar su trienio de magisterio profesional a la casa de Zamora. Una vez terminado este periodo de formación, pasó a ser formador en la Universidad Laboral de Zamora, donde permaneció hasta septiembre de 1974. Fue destinado después al colegio de huérfanos de ferroviarios de León, donde estuvo cinco años (1974-1979) pasando seguidamente al colegio de Oviedo donde trabajo desde 1979 hasta 1993. En septiembre de ese mismo año comenzó su actividad en el colegio de La Fontana de León (1993-1996). Su último destino fue el Centro Don Bosco de León, donde pasó los últimos 24 años de su vida (1996-2020).

Como puede fácilmente apreciarse por su currículo formativo y profesional ejerció siempre su apostolado salesiano en casas de artes y oficios y donde, en general, había alumnos internos con toda la dificultad que ello comporta. Sereno, complaciente, respetuoso y siempre dispuesto al sacrificio, fue un educador más con su ejemplo que con su palabra. Los últimos años, incapacitado ya para la enseñanza por edad y por condiciones físicas, ejerció de portero en el Centro Don Bosco. Un portero de los que se puede decir que son un tesoro para la casa. Atento y cordial con todos, él mismo comentaba “todo el mundo, profesores, alumnos, padres que viene al colegio, tienen que pasar por delante de mí y eso me da la ocasión para saludarlos y atenderlos en lo que necesiten”. Siempre discreto y servicial. Solo él último año debido a sus crecientes limitaciones físicas tuvo que dejar la portería, pero no dejo nunca de ser la persona que estaba atenta a los que necesitaban alguna atención. Humilde, piadoso, se le veía frecuentemente con el rosario en la mano. Puntual a las prácticas de piedad, fue precisamente su sorprende ausencia en las vísperas de la comunidad la que alertó a los hermanos de que algo tenía que haberle pasado para no acudir. En efecto al ir a su habitación lo encontraron muerto. Falleció con la discreción y serenidad con la que había vivido. Se marchó al cielo, para seguir desde allí vigilando, atendiendo y asistiendo a los moradores y visitantes del colegio Don Bosco. Descanse en paz.