Goicoechea Arambarri, Ramón

Ramón Goicoechea Arambarri

Sacerdote (1887-1936)

Nacimiento: Buenos Aires (Argentina), 10 de junio de 1887
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 10 de septiembre de 1909
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 24 de agosto de 1917
Defunción: Madrid, 23 de julio de 1936

Según los datos del archivo central salesiano, nació en Buenos Aires, pero debió de venir pronto a España, donde vivió toda su vida salesiana. Sus padres fueron Fermín Goicoechea e Ignacia Arambarri.

Entró en el noviciado de Carabanchel Alto en 1908 e hizo su profesión religiosa el 10 de septiembre de 1909. Realizó el trienio en Santander. Estudió teología en El Campello. Recibió el diaconado en Salamanca y allí fue ordenado el 24 de agosto de 1917.

Ejerció su ministerio en varias casas salesianas. En 1920 se hallaba en Santander. De él dice el autor de la historia del colegio que era: «Magnífico pedagogo, amante de la Congregación como pocos, fue modelo de la asistencia salesiana y de la práctica del sistema preventivo».

En 1927 fue nombrado director de colegio de Vigo, pero solo estuvo allí un año, durante el cual animó la reorganización de los antiguos alumnos.

Fue nombrado director y maestro de novicios primero en Carabanchel en 1928 y después en Mohernando, adonde había sido trasladado el noviciado. En 1935, al ser elegido don Marcelino Olaechea obispo de Pamplona, don Ramón fue designado director del colegio de Atocha. Solo pudo ejercer un año su cargo, pues en julio de 1936 estalló la Guerra Civil y el colegio fue tomado por los milicianos.

El día 18 de julio de 1936, don Ramón, previendo lo que podía suceder, mandó llevar al colegio urgentemente desde una tienda de ropa de caballero gran cantidad de prendas de vestir de diversas tallas, para que los salesianos se vistieran de paisano y pudieran salir inadvertidos del colegio. Gracias a eso, la mayor parte de ellos pudieron salvar su vida.

Cuando el colegio fue asaltado por los milicianos, él, como director, se negó a abandonarlo y procuró salvar todo lo que pudo de la casa. Acompañado por dos salesianos, un coadjutor y un clérigo, que se quedaron con él, fue a la iglesia para consumir las formas que había en el sagrario, antes de que fueran profanadas. La preocupación por salvar a los salesianos y a los chicos de los malos tratos y vejámenes a los que estaban sometidos, lo agitó tremendamente, hasta el punto que los otros dos hermanos, viéndolo tan nervioso y cansado, lo obligaron a retirarse a su cuarto para que pudiera dormir un poco. Pero con aquella tensión encima era imposible conciliar el sueño. Al día siguiente estaba tan postrado, que no podía valerse por sí mismo y tuvo que ser asistido.