Goicoechea Otamendi, Martín

Martín Goicoechea Otamendi

Coadjutor (1877-1950)

Nacimiento: Caserío de San Martín de Gaínza de Oroz
(Navarra), 30 de enero de 1877
Profesión religiosa: Sarrià, 7 de diciembre de 1906
Defunción: Barcelona, 20 de noviembre de 1959

Nació el 30 de enero de 1877 en el caserío San Martín de Gaínza de Oroz (Navarra), entre montañas y prados. El 18 de julio de 1904, a los 27 años, traspasó los umbrales del colegio de Sarrià y nunca más volvió a su pueblo.

Inició el noviciado en Sarrià (1905-1906), culminado con la profesión religiosa el 7 de diciembre de 1906. Estuvo primero en Sarrià (1906-1907) y de allí salió como cocinero de la nueva fundación de El Campello (1907-1928), Villena (1928-1939), Huesca (1939-1949) y Rocafort (1949-1959), como sacristán. Aquí murió el 20 de enero de 1959, a los 73 años de edad.

Fue un santo cocinero, un salesiano de cuerpo entero, modelo de todas las virtudes, sin la menor sombra en su ejemplar conducta: en él brillaba lo mismo la obediencia, que la pobreza, la castidad, la paciencia, la amabilidad espontánea y alegre; pero por encima de todo, la piedad. Había un convencimiento general de que estar con él era vivir con un santo, capaz de arrebatos místicos y de hacer milagros.

Todos los que le conocieron lo proclamaban santo, un santo simpático, singular y extraño, cocinero de conventos pobres y de cocinas oscuras. Un santo sin escritos, sin homilías, sin obras extraordinarias y milagros, pero lleno de Dios; entre cazuelas y pucheros.

De su época de El Campello lo recuerdan todos cándido como una paloma, de un humor contagioso y sonoro, alegre como unas castañuelas. Era un alma de Dios, toda de Dios. Sus afanes y deseos eran la palabra de Dios. «Todas las cosas que no son del cielo son pamplinas» solía afirmar con frecuencia, riéndose a mandíbula batiente.

En su época de Rocafort, preparando lo menester en el templo y en la sacristía, se pasaba las horas en un rinconcito del presbiterio, cerca del sagrario; así no perdía ni una misa ni un sermón; le gustaban especialmente los que hablaban del cielo. Y, cuando hubo de quedar postrado en la cama, ganó tiempo para desgranar sus infinitos rosarios.

No dejó nada tras su muerte, solo la fama real de su santidad, un salesiano santo, que tenía el depósito de su corazón lleno de amor a Dios, amor que fue derramando a manos llenas por todos los colegios salesianos por los que pasó.