Ubaldo González del Corral
Coadjutor (1911-1990)
Nacimiento: Fuenteguinaldo (Salamanca), 7 de septiembre de 1911
Profesión religiosa: San José del Valle, 8 de diciembre de 1936
Defunción: Sevilla, 6 de mayo de 1990
Nació en Fuenteguinaldo, villa salmantina reclinada en la ladera de Sierra de Gata. Toda la vida don Ubaldo se sintió enraizado en ella como hijo predilecto. Recordaba emocionado que su madre, Luisa, lo llevó, niño de 9 años, a la Peña de Francia con el solo objeto de ofrecerlo a la Virgen, pues había nacido sietemesino.
En agosto de 1922, marcha al aspirantado de Cádiz, pero le cuestan los estudios y lo envían a San José del Valle a aprender el oficio de sastre. En 1930 vuelve a su pueblo, donde le toca trabajar como sastre, molinero, peón de albañil o guardando las vacas, cabras y ovejas de su padre, sin descuidar la vida alegre.
El 30 de septiembre de 1934 vuelve como aspirante, esta vez, a Sevilla-Trinidad. El 8 de septiembre de 1935 inicia el noviciado en San José del Valle y el 8 de diciembre de 1936 emite su primera profesión.
Tras continuar allí mismo un año de perfeccionamiento, su dilatada vida salesiana, a excepción de cinco años a salto de mata entre Fuentes de Andalucía, Antequera y Arcos de la Frontera, la desarrolla en las casas de Algeciras, Carmona y Sevilla-Triana.
En Algeciras (1941-1950) pasa unos años de gran entrega y felicidad, en compañía de su paisano Miguel Gómez que, en candorosa confesión de don Ubaldo, «me reñía, me corregía los defectos y me enseñaba a vivir como un salesiano bueno».
Carmona fue su feliz hogar durante 15 años, en dos etapas (1953-1962, 1967-1973). «Llegué el 16 de septiembre de 1953… El 17 comencé en la clase 2ª con 45 alumnos todo el día y por las noches antiguos alumnos, círculo Domingo Savio, ensayo de teatro, reuniones, los “soldaditos”». Se consideró siempre como hijo de Carmona.
Y en Sevilla-Triana, donde vivió los últimos años de su vida (1975-1990). El Ubi, como cariñosamente le llamaban, pasaba gran parte de su tiempo en la librería, atendiendo a los más pequeños, y en el club de fútbol COLSPE (Club Salesianos San Pedro), donde se sentía querido y a gusto. Trianero por los cuatro costados, supo encarnarse en cuerpo y alma en este simpar barrio de Sevilla, viviendo a tope todos sus acontecimientos. Llegó a ser un personaje tan célebre en Triana, que le dedicaron una plazoletita.
Maestro nato, de él puede asegurarse que tuvo auténtico corazón oratoriano. Apasionado de los niños, se sentía como un abuelo en sus últimos años. Ejemplar único en su especie, manifestó su salesianismo en una alegría vivencial, hecha música, teatro, deporte. Demostró tener un amor entrañable a la Congregación y una filial devoción a María, cuyas glorias pregonó como Blanca Paloma, Gracia, Salud, Patrocinio, Esperanza y, ante todo, Auxiliadora, la sentaíta de Triana.
Decía, bromeando, que le gustaría poder contemplar su funeral, no solo para controlar a los asistentes, sino para darles las gracias y el último adiós. Y que la eucaristía del mismo comenzase con el canto «Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor», y se concluyera con la sevillana «Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va…». Y en esto último fue complacido.
Fue calificado como salesiano coadjutor, de espíritu charro y gracia trianera, salesiano de pura sangre, de genio alegre y corazón ardiente. Dejó retazos de su corazón por donde pasó.