Jordá Cantó, Antonio

Antonio Jordá Cantó

Sacerdote (1923-2006)

Nacimiento: Alcoy (Alicante), 15 de febrero de 1923
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 9 de enero de 1944
Ordenación sacerdotal: Tibidabo, 27 de junio de 1954
Defunción: El Campello, 3 de julio de 2006

Nació el 15 de febrero de 1923 en Alcoy (Alicante). Tan pronto llegaron los salesianos a Alcoy, frecuentó el oratorio festivo y se matriculó como alumno.

A los 16 años empezó el aspirantado en El Campello y lo continuó en Sant Vicenç dels Horts. Aquí inició el noviciado el 15 de agosto de 1942, pero hubo de interrumpirlo a causa de un reumatismo que ya nunca le abandonará. Marchó entonces a Huesca-San Bernardo, adelantando el trienio. El 9 de enero de 1944 hizo su primera profesión en Sant Vicenç dels Horts.

Trabajó en Sant Vicenç como asistente de los aspirantes, alternando el trabajo con los estudios de filosofía, en medio de continuas interrupciones y visitas a médicos. Mohernando, Gerona, Sant Vicenç dels Horts de nuevo, Horta, Huesca, Valencia… fueron etapas de un calvario, en busca de climas y condiciones favorables a su estado de salud, un calvario que duró cinco años (1945-1950) y que terminó con su entrada en Martí-Codolar para cursar los estudios de teología. El 27 de junio de 1954 fue ordenado sacerdote en Barcelona-Tibidabo.

Su labor sacerdotal la desempeñó en Huesca, Calle Heredia, Villena, Godelleta, Andorra de Teruel, Cuenca, Ibi, Burriana, Zaragoza, Alicante, Cartagena y finalmente El Campello, donde murió el 3 de julio de 2006, a los 83 años de edad.

Los diez años pasados en Andorra de Teruel los consideró siempre como su etapa más fecunda y feliz. Allí se metió de lleno en el oratorio con el padre Francisco Javier Vallés, director de la casa y auténtico mago oratoriano y maestro de la catequesis. Don Antonio se encargó del círculo Domingo Savio, de los antiguos alumnos, de la Adoración Nocturna, puso en marcha el club juvenil, organizó el grupo de catequistas, los cooperadores y los padres de familia. «Era un mundo distinto» —escribe— «y me abrió a la vida».

Dejó escrito un diario en el que recoge sus recuerdos y vivencias personales y en el que su reumatismo es un tema permanentemente presente que lo atraviesa de cabo a rabo y marcó toda su vida, amenazando incluso su vocación salesiana y limitando su trabajo sacerdotal y su inserción en la comunidad.

A partir de su traslado a Cuenca, su diario deja de ser narrativo y se convierte en intimista y en un ejercicio de reflexión. Tiene la sensación de haber sido marcado en su vida por los problemas de salud, que le habían llevado a no poder trabajar en condiciones y a no ser nada humanamente. En esa parte final aflora su mundo íntimo en torno a la vivencia de la presencia de Dios, como horizonte de paz y serenidad.

Destinado a la residencia de El Campello, encontró por fin esa paz que tanto buscó y deseó, confiándose a los brazos de Dios, el único lugar seguro, tal como manifestaba en sus escritos: «Ponte cada día en sus manos. Dios te traerá lo mejor. ¡Que su luz me ilumine por dentro!».