Ernesto Lavandero Pérez
Sacerdote (1926-2012)
Nacimiento: Casar del Periedo (Cantabria), 12 de abril de 1926
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1945
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 27 de junio de 1954
Defunción: Logroño, 23 de diciembre de 2012
Nació en Casar de Periedo (Cantabria) el día 12 de abril de 1926.
Finalizados sus estudios de bachillerato, comenzó el noviciado en Mohernando, donde hizo su primera profesión religiosa el 16 de agosto de 1945 hasta el servicio militar.
Después del noviciado cursó los estudios de filosofía en el mismo Mohernando hasta el año 1948, en que fue destinado como trienal a Arévalo y a Madrid-San Fernando.
Acabado el tirocinio, inicia los estudios de teología en Carabanchel Alto. Aquí es ordenado sacerdote el día 27 de junio de 1954. Este mismo año es destinado al colegio de Madrid San Fernando como catequista.
En 1957 se encuentra en el estudiantado de filosofía de Guadalajara, como catequista, y en 1960 es nombrado director del mismo centro, cargo que ejerce hasta 1966, en que es destinado a Zuazo de Cuartango (Álava).
En 1968 se encuentra en Roma para hacer los estudios de licenciatura en Filosofía, finalizados los cuales, es enviado como consejero a Logroño-Domingo Savio, donde se encuentra el estudiantado filosófico de la inspectoría de San Francisco Javier (Bilbao). En 1972 el centro de estudios de filosofía se traslada a Urnieta, donde desempeña el cargo de consejero y vicario. Después de un año en Alemania, regresa con los postnovicios a Burgos-Padre Aramburu, donde se encarga de la biblioteca y ejerce como profesor de Filosofía, hasta 1988.
A continuación pasa unos años en Santander y de nuevo vuelve al postnoviciado de Burgos como bibliotecario.
Finalmente, en 2008, con una salud bastante delicada, pasó a la residencia Don Zatti, donde falleció el día 23 de diciembre de 2012, a los 86 años de edad.
Don Ernesto destacaba por su fina sensibilidad que se reflejaba, entre otros detalles, en su empeño por que los lugares comunitarios se presentasen bien ordenados y limpios. Este aspecto se manifestaba también en su vocabulario, cuidado y alejado de todo aquello que pudiera ser poco educativo.
Sensibilidad y delicadeza humana que adquirían un matiz especial cuando se trataba de los lugares o temas relacionados con la liturgia o la vida de oración. Su fuerte fe se manifestaba en los pequeños detalles de las celebraciones religiosas diarias propias de las casas de formación.
Su sensibilidad le llevaba a recordar con nostalgia su lugar de nacimiento, su gente, sus costumbres, sus montañas y paisajes.
Era el primero en dar ejemplo de trabajo. En la dedicación al estudio y a la constancia en la formación intelectual, se puede decir que predicaba con el ejemplo. Fueron casi 40 años en los que, de una u otra manera, mantuvo encendida la llama de la inquietud y formación intelectual en las casas de formación de la inspectoría de Bilbao.
Don Ernesto destacó también por su gran amor a Don Bosco y a la Congregación. Supo transmitir a los jóvenes salesianos en formación el verdadero sentido del oratorio festivo salesiano, junto con la devoción a María Auxiliadora y el amor a Don Bosco.