Constancio Manero Blanco
Coadjutor (1925-1962)
Nacimiento: Rupelo (Burgos), 12 de diciembre de 1925
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1943
Defunción: Cuyabá (Brasil), 30 de diciembre de 1962
Nació en Rupelo (Burgos) en el año 1925. A los 14 años, ingresó como aspirante en la casa solariega de Mohernando, y en ella, al terminar el año de noviciado, realizó su profesión religiosa, el día 16 de agosto de 1943. Durante ese año aprendió el oficio de cocinero, trabajo que desempeñó con novicios, filósofos, teólogos y aspirantes en las siguientes casas: Mohernando, Carabanchel Alto, Astudillo, Castrelo-Cambados y Medina del Campo. Precisamente a esta casa (entonces aún balneario de Las Salinas) fue enviado como pionero, con otros tres salesianos coadjutores, para acomodar el hotel a la función de seminario para los estudiantes de filosofía de la inspectoría de Santiago el Mayor, que aún seguían en Guadalajara.
Y allí quedó, formando parte de la nueva comunidad, encargado de la cocina y ocupado en tareas de huerta, granja, bosque e impartiendo algunas clases a un grupo de aspirantes allí acogidos temporalmente. En aquellos años no fue pequeña su aportación al buen ambiente de las casas por su bondad, su talante humorista y su capacidad de actor de teatro.
«En todas las casas citadas fue —escribe uno de sus directores— un héroe a fondo perdido, por la entrega de su vida hasta el desgaste. Lo fue sobre todo en Astudillo, donde dio la talla de hombre generoso hasta el heroísmo en los días difíciles y luctuosos de la epidemia de difteria, que se cobró varias víctimas entre los aspirantes, y a punto estuvo de haber ocasionado una verdadera tragedia en el colegio y en el mismo pueblo, como manifestó un médico especialista de Palencia».
Al final del año 1961 vio cumplidos sus deseos de ir a misiones y fue destinado al Mato Grosso (Brasil).
Si se había empleado a fondo en los diversos destinos que había tenido en la inspectoría de Santiago el Mayor, su entrega hubo de multiplicarse en la asfixiante tierra del Mato Grosso, según se desprende de alguna de sus cartas. La escasez de personal para atender la vasta misión, el aislamiento, la falta de recursos, el idioma, el excesivo calor en Cuyabá (antesala del infierno le llamaba), etc. hicieron más que dura su estancia en tierras de misión.
Su muerte quedó envuelta en la sombra del misterio. La presencia de un caballo, sobre el que había salido al campo, dio la pista: su cadáver flotaba sobre las aguas de un no lejano lago.
Era un salesiano de carácter apacible, comunicativo, amable y muy amigo de bromas y de tomar parte activa en todas las manifestaciones recreativas y lúdicas de los estudiantes. Fue, por encima de todo, un hombre bueno, plenamente entregado a su quehacer, un trabajador infatigable, un religioso edificante, un amigo entrañable de cuantos convivían con él.