Martínez Feijoo, Miguel

Miguel Martínez Feijoo

Coadjutor (1891-1974)

Nacimiento: Val-A Merca (Orense), 22 de enero de 1891
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 16 de agosto de 1918
Defunción: Orense, 30 de noviembre de 1974

Nació en Val-A Merca (Orense) el día 22 de enero de 1891, en el seno de una familia cristiana y numerosa, como eran la mayoría de la región, de la que salieron muchas y muy buenas vocaciones, antes inclusive de que fundaran los salesianos en Orense y Allariz. Por su propio testimonio sabemos que apenas tuvo escolarización (siempre habló el idioma materno, el gallego) y que desde jovencito colaboró en las faenas domésticas y del campo con el tesón y empeño que le distinguieron en toda su vida.

Sabemos también que hizo el servicio militar en Madrid y que durante ese tiempo formó parte de la banda de música, en la que tocaba el requinto.

Comienza la vida salesiana a los 21 años de edad ingresando en la casa de Orense en el año 1912, recién inaugurada, y aquí inicia su aspirantado, que termina en la casa de Gerona, entre los años 1912 y 1917.

Al terminar el período de aspirantado, pasa a la casa de Carabanchel Alto para hacer el noviciado, que culmina con la profesión religiosa (16 de agosto de 1918). En esta casa permanece hasta 1920, ejerciendo labores de hortelano. De aquí es destinado a la casa de Orense, donde permanecerá durante el resto de su vida salesiana.

Disfrutó siempre de una extraordinaria salud, no guardó cama por motivo de enfermedad en toda su vida. No obstante, una gripe que le afectó a los bronquios lo condujo a la muerte. Murió en la madrugada del día 30 de noviembre de 1974, a los 83 años.

Por expreso deseo de sus familiares, sus restos mortales fueron trasladados al panteón familiar, donde reposan junto a los de sus padres y demás allegados.

El señor Miguel, hasta los 80 años, fue un duro e infatigable trabajador, de lo que él ingenuamente presumía, repitiendo ante los desafíos de los pícaros bromistas: «Sei sejar, sei cavar, sei arar…». Su tarea de todos los días fue la huerta, la viña, la granja…, y solo dejó ese duro trabajo cuando le fue impuesto por la obediencia, al faltarle ya las fuerzas físicas.

Es cierto que el señor Miguel no ejerció una pastoral activa con los jóvenes y niños del colegio, pero se sentía feliz entre ellos. Constataba que los chicos eran buenos y rezaba por ellos; a su vez, ellos admiraban al hombre trabajador y constante, a quien veían día a día doblado en la huerta con la hoz o la azada en la mano. Para los antiguos alumnos fue siempre un referente admirado de la historia del colegio desde sus orígenes. Pasaron muchos salesianos por Orense, pero el señor Miguel seguía visible en su sacrificado trabajo y devoto rezador en la iglesia. Aun hoy se recuerdan divertidas anécdotas basadas en su ingenuidad, en su inocencia y carencia de malicia («home de pocos alcances», se confesaba él). Era un hombre pura acción en el trabajo, fiel a actos comunitarios, a su religiosidad innata, cuajada de oraciones y actos piadosos: misas, rosarios y peregrinaciones a santuarios cercanos.