Mohedano Larriba, Antonio

Antonio Mohedano Larriba

Sacerdote (1894-1936)

Nacimiento: Córdoba, 14 de septiembre de 1894
Profesión religiosa: San José del Valle, 21 de septiembre de 1914
Ordenación sacerdotal: Málaga, 7 de marzo de 1925
Defunción: Ronda, 3 de agosto de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Benedicto XVI, el 28 de octubre de 2007

Nació el 14 de septiembre de 1894 en Córdoba, de una familia acomodada, de buenas costumbres y con seis hijos. Desde 1904 frecuentó el colegio salesiano de Córdoba. Ahí germinó su vocación salesiana.

A los 15 años comenzó el aspirantado en Écija. En 1913 entró en el noviciado de San José del Valle, donde emitió su primera profesión el 21 de septiembre de 1914 y a continuación el bienio de filosofía. En la casa de Sevilla hizo el trienio de prácticas pedagógicas (1916-1919) como maestro y asistente.

Pasó a continuación al colegio de Santa Teresa de Ronda, donde estudió teología. Fue ordenado sacerdote en Málaga el 7 de marzo de 1925, de manos del santo don Manuel González, obispo de esta ciudad. Continuó en Ronda como catequista (1925-1933) y como director desde 1933 hasta su martirio en 1936.

Desde la noticia del levantamiento de parte del ejército el 18 de julio de 1936, en la ciudad de Ronda se sucedían los desmanes y las detenciones. Los salesianos de las escuelas de Santa Teresa esperaban de un momento a otro un desenlace desagradable. Todavía el 25 de julio, festividad de Santiago, tuvieron el consuelo de celebrar misa. El domingo 26 de julio, la comunidad salesiana no quiso abandonar el colegio y celebraron la misa todos por última vez.

El lunes 27, se presentan los milicianos y, tras encerrar a los salesianos, comienza el saqueo y el pillaje. Los objetos de culto se amontonan a la puerta de la capilla y los queman. Los salesianos Pablo Caballero junto al subdiácono Honorio Hernández y el clérigo Juan Luis Hernández son llevados a la pensión «Progreso», mientras el director logra esconderse en casa de doña Ana Cabrera, a donde irán a buscarle el 2 de agosto.

Se hallaba en el último piso de la casa y, cuando llegaron los milicianos, salió de su escondite. Lo llevaron maniatado con alambres por la calle, insultado y escoltado por ocho o diez milicianos. Iba muy tranquilo y con las manos ensangrentadas saludaba a los conocidos que encontraba.

Lo asesinaron el 3 de agosto a las cuatro de la mañana en la entrada del cementerio de Ronda. Fue sepultado en una fosa común junto al cementerio de San Lorenzo. De boca de quienes habían perpetrado el asesinato, se oyó comentar: «¡Qué brutos hemos sido!… ¡Hemos matado nada menos que a don Antonio… a quien debíamos tantos favores!».

En Ronda, donde pasó la mayor parte de su vida salesiana, gozaba de una óptima fama y mucha popularidad. Era de carácter sencillo y alegre, por lo que resultaba muy agradable su trato.

Fue un apóstol de la adolescencia, humilde, piadoso, caritativo y paciente con todos, siempre atento a sus obligaciones de religioso y de educador, incansable en el trabajo.

Consagró su vida a los niños pobres y necesitados, especialmente en sus años de estancia en Ronda.