Nácher Lluesa, Alfonso

Alfonso Nácher Lluesa

Sacerdote (1905-1999)

Nacimiento: Valencia, 24 de mayo de 1905
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1922
Ordenación sacerdotal: Gerona, 21 de mayo de 1932
Defunción: Fatumaca (Timor), 10 de mayo de 1999

Miembro de una salesianísima familia valenciana, nació y murió bajo los auspicios de la Virgen: su nacimiento fue el 24 de mayo de 1905, fiesta de María Auxiliadora, y entregó su alma el 10 de mayo de 1999, fiesta de la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, a los 93 años de edad.

Había nacido en plena huerta valenciana, en el Camí del Pou de la huerta del Fiscal. Sus padres, Francisco y Carmen, formaron un cristianísimo hogar de 10 hijos, de los cuales dieron a Dios y a Don Bosco tres sacerdotes, Ricardo, Enrique y Alfonso.

Alfonso, como sus otros hermanos, entró en el colegio de San Antonio de Valencia (1911-1917). Después estudió latín en El Campello y el 21 de julio de 1921 inició el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó el 25 de julio de 1922.

Estudió filosofía en Carabanchel (1922-1924), y realizó el tirocinio práctico en Mataró (1924-1928). Después compaginó las clases en Mataró con los estudios de teología y se ordenó sacerdote en Gerona, el 21 de mayo de 1932.

Trabajó en Mataró (1934-1942) como catequista y después como prefecto. Durante la Guerra Civil española pasó grandes sobresaltos, escondido en la huerta de su familia, con su hermano Ricardo. Estuvo un año en Zaragoza (1942-1943), haciendo estudios en la universidad, que luego continuó en Valencia, licenciándose en Física y Química.

Marchó a Portugal y trabajó en Mogofores (1945-1952), como padre maestro, y en Estoril (1952-1955), como director; fue entonces capellán de la familia real española y mantuvo siempre estrecha relación con el futuro rey de España, don Juan Carlos I.

El 3 de marzo de 1955 llegó a Timor y trabajó como director en Fuiloro, Baucau y en Fatumaca (1973-1978 y 1983-1999), como director, padre maestro y confesor. Allí murió plácidamente el 10 de mayo de 1999.

Fue un salesiano modelo, pobre y sencillo, y un extraordinario misionero. Desarrolló la agricultura y la ganadería de forma maravillosa, consiguiendo mantener gratuitamente a unos 200 alumnos internos; además, ayudaba económicamente al seminario, a las obras misioneras y a muchos pobres y ancianos.

En la guerra colonial de Indonesia tuvo un papel decisivo, defendiendo a los salesianos con firmeza y decisión. Últimamente su vida transcurría en el santuario de María Auxiliadora, edificado por él mismo, y que cada año suele reunir el día de su fiesta a unas 50.000 personas.

Diseñó y dirigió las obras de muchas iglesias y colegios, logró un dominio profundo de las lenguas indígenas y confeccionó catecismos, gramáticas y diccionarios. Suscitó gran número de vocaciones indígenas, entre las que se destaca el obispo salesiano monseñor C. Felipe Ximenes Belo, premio Nobel de la Paz.