Félix Oria Berea
Sacerdote (1911-1984)
Nacimiento: Vigo, 3 de noviembre de 1911
Profesión religiosa: Mohernando, 12 de octubre de 1931
Ordenación sacerdotal: Pamplona, 30 de agosto de 1942
Defunción: Barakaldo, 16 de septiembre de 1984
Nacido en Vigo, sus padres le enviaron a realizar sus estudios elementales al colegio salesiano. De quienes le conocieron sabemos que era buen estudiante.
A los 15 años ingresó como aspirante en Astudillo, recién abierto como centro de animación vocacional misionera, pasando al año siguiente al colegio del Paseo de Extremadura (Madrid). Hizo el noviciado en Mohernando, donde supo unir su vida de oración y formación, con diversos trabajos materiales para poner a punto esta casa que estaba comenzando su andadura y que, como en todos estos casos, le sobraban necesidades. Allí mismo realiza los estudios de filosofía.
Empieza su trienio en La Coruña. Al estallar la Guerra Civil española, fue llamado a filas. En septiembre, le envían a Tafalla, para hacer un cursillo de sargento, graduación con la que vuelve al mismo frente de Asturias hasta su final. En diciembre del mismo año le envían con su batallón al frente de Teruel, donde, «pasé tanto frío en las trincheras —decía— que caí una noche desmayado sobre la nieve».
Con el dolor de haber perdido en el frente a dos de sus hermanos, se incorpora en abril de 1939 a la vida salesiana en La Coruña y al siguiente año inicia sus estudios teológicos en Carabanchel, donde emite sus votos perpetuos y fue ordenado sacerdote por monseñor Olaechea, obispo de Pamplona.
Las numerosas muertes de salesianos caídos durante la guerra dejaron desguarnecidas nuestras casas. Por ello se les pidió a los estudiantes de teología simultanear los estudios teológicos con las actividades propias de los colegios. En estas circunstancias pasó don Félix los dos últimos cursos de teología.
En su vida activa fue un salesiano que dedicó mucha parte de su tiempo a tareas de enseñanza que desarrolló simultáneamente con diversos cargos: consejero, catequista, confesor y sobre todo, como consiliario de los antiguos alumnos de Barakaldo.
Cuando se puso en marcha el Proyecto África, se pensó en él, como experto conocedor de la lengua oficial para las misiones de Benín. En poco tiempo se ganó el cariño de los indígenas de tal modo que, cuando dos años después, tocado en su salud, volvió a la inspectoría, recibía cartas de los cristianos de la parroquia casi todos los días.
Fue enviado a la casa de Barakaldo. Repuesto de los males allí contraídos, su pensamiento y deseo estaban en la misión de Benín. Tanto era así que, exactamente nueve días antes de su muerte, le había pedido al señor inspector volver allá de nuevo. Pero una dolencia galopante lo arrebató improvisadamente de nuestro lado en menos de una semana. Su muerte fue muy sentida en Barakaldo, donde había trabajado tantos años y en donde tenía tantos amigos y conocidos. Un compañero de curso lo describía de este modo: «Su vida salesiana fue la de un soldado de a pie, pero irradiando un optimismo y una alegría que emanaban de un alma sana y muy sensible».