Ortiz Priego, José

José Ortiz Priego

Coadjutor (1944-1964)

Nacimiento: Antequera (Málaga), 22 de enero de 1944
Profesión religiosa: San José del Valle, 16 de agosto de 1961
Defunción: San José del Valle, 7 de agosto de 1964

Nació el 22 de enero de 1944 en Antequera. Estudia con los hermanos de las escuelas cristianas, en casa reciben algún Boletín Salesiano y su padre trabajó de albañil en la fundación salesiana de Antequera.

A los 12 años, marcha a la escuela profesional salesiana de Cádiz, donde decide ser salesiano coadjutor. Pierde a su hermano Juan, aplastado por un gran bloque de piedra mientras trabajaba con su padre en las canteras, y a quien José quería con verdadera locura. Esta circunstancia influye mucho en él. En San José del Valle hace el noviciado, que concluye el 16 de agosto de 1961 con la profesión temporal. Enviado a La Almunia de Doña Godina, cursa el perfeccionamiento de oficialía y maestría industrial, especializándose en francés (1961-1964).

Simpático, de fácil y conquistadora sonrisa, buen conversador, entusiasta, optimista contagioso, inquieto por mejorar también a los demás. Pero lo que sobresalía por encima de todo era su espíritu, su afán apostólico. En las reuniones del grupo solía proponer la revisión de vida, comentarios del Evangelio y programación de actividades. Pepe era capaz de tocar una trompeta y convocar a las gentes en la plaza para hablarles de Nuestro Señor. Este enamorado de Cristo, como otro Don Bosco, hacía el payaso y reunía a los mozalbetes del lugar y organizaba días enteros de diversión, de teatro, oración y diálogos constructivos.

Temperamento fuerte, llamaba a Jesús el Jefe, a quien siguió ciegamente, y cuyas consignas escribió, asimiló, hizo vida de su vida.

Profesionalmente era competente en la sastrería. Tenía verdadera obsesión por la justicia y por la injusticia social, no por demagogia sino por verdadero amor al prójimo.

En el verano de 1964, Pepe Ortiz llegaba a San José del Valle, directamente desde La Almunia. En Valencia se había sentido mal y, reconocido por un médico, este le aconsejó no continuar el viaje. Pero él, no solo prosiguió el viaje sino también el trabajo en su nuevo destino, emprendiéndola con las sotanas de los novicios entrantes y salientes, aunque lo que más le agradaba era dedicarse a los chicos del oratorio.

De improviso se manifestó el mal en forma de fiebres agudas y fortísimos dolores, sin que los reconocimientos médicos pudieran atajarlo. Supo gobernar su propia nave hasta el final. La notificación de la gravedad de su enfermedad le dejó muy tranquilo:

«No tengo miedo», repetía. «Yo estoy entusiasmado con Este» (y mostraba un crucifijo).

Murió en la madrugada del 7 de agosto de 1964 causando a todos una fuerte impresión. Tenía 20 años.