Pastor Parera, Sebastián María

Sebastián María Pastor Parera

Sacerdote (1878-1949)

Nacimiento: Manacor (Mallorca), 6 de enero de 1878
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 14 de noviembre de 1897
Ordenación sacerdotal: Sevilla, 2 de abril de 1904
Defunción: Córdoba, 31 de julio de 1949

Nació el 6 de enero de 1878 en Manacor (Mallorca). Entró en el seminario mallorquín bajo la supervisión de un tío sacerdote Miguel Parera, hermano de su madre. Al concluir el primer curso de filosofía, entusiasmado por el ideal salesiano, tras aconsejarse con el rector del seminario y con el permiso de sus padres, ingresó en Sarrià el 26 de septiembre de 1896. El beato don Felipe Rinaldi, transcurrido un mes como aspirante y viendo su preparación, lo envió al noviciado de Sant Vicenç dels Horts. Allí culminó el 14 de noviembre de 1897 su noviciado con la profesión perpetua como salesiano.

Tras un curso en Sarrià como educador, compaginó durante tres años los estudios teológicos con la vida práctica salesiana en Utrera, donde mostró ya excelentes dotes pedagógicas en la aplicación del Sistema Preventivo, al mismo tiempo que informaba su vida de un profundo espíritu de piedad.

En septiembre de 1903 llega a Córdoba, donde permanecerá hasta 1929, un período largo y fecundo de su vida. El 2 de abril de 1904 en Sevilla, celebró su primera misa. Y es nombrado director de Córdoba (1905-1918), cargo que desempeñará durante 13 años. Con la ayuda de la comunidad, dio un gran impulso a las escuelas gratuitas externas y al oratorio festivo, que llegó a contar con más de 1.000 muchachos. También transformó materialmente el colegio dotándolo de un salón-teatro, una bella iglesia dedicada a María Auxiliadora y un amplio pabellón para muchachos pobres.

En 1918 pasó a dirigir la casa inspectorial de la Santísima Trinidad. Impulsó las escuelas profesionales, infundió un nuevo vigor a las elementales y al oratorio festivo y reorganizó las asociaciones de cooperadores y antiguos alumnos.

De nuevo es nombrado director de Córdoba (1923-1929). Su trabajo y el impulso que dio especialmente a las escuelas gratuitas, le valieron el ser nombrado en 1929 Hijo Adoptivo de la ciudad.

En 1929 es enviado a Utrera como director. En aquellos momentos difíciles de anticlericalismo, defendió con coraje la casa de incendios y saqueos: «Salvemos nuestro Tabernáculo se lo oyó decir en mayo de 1931—. Defendamos nuestra Auxiliadora: con Jesús y con María, ¿quién podrá contra nosotros?».

Fue nombrado inspector de la bética el 1 de octubre de 1931 por el beato don Felipe Rinaldi, rector mayor en tales momentos. Acepta el cargo, aun siendo muy consciente de lo delicado del momento político. Y le toca vivir los momentos amargos de 1936: asesinato y martirio de hermanos, saqueo de colegios y casas, destrucción de una obra levantada en más de medio siglo de trabajo salesiano… Muchas lágrimas de dolor tuvo que derramar. Pero sembró serenidad e infundió fuerzas para restaurar, resurgir y vencer todas las limitaciones que las circunstancias ofrecían.

Deja de ser inspector, por su precario estado de salud, y acepta la obediencia que lo envía a la dirección del aspirantado de Montilla (1939-1940), como paso preliminar para, concluida la Guerra Civil, recibir de los superiores mayores la encomienda de dirigir el teologado de Carabanchel Alto (1940-1943). Vuelve, cansado y enfermo, a dirigir la casa de Córdoba por un solo año.

Tuvo un merecido descanso, primero en Utrera y después en la Casa Don Bosco de enfermos de Ronda (1946), que debió abandonar para abrir la obra de Montellano (Sevilla), cuya dirección aceptó como gesto de humildad y obediencia.

Le llegó la hora del reposo, primero en el Colegio Mayor Universitario de Sevilla y para finalizar, Córdoba, donde falleció serenamente el 31 de julio de 1949, a los 71 años de edad.

Se declaró en Córdoba un día de luto ciudadano. Los funerales fueron presididos por las más altas autoridades eclesiásticas y civiles. Su cadáver fue llevado por los antiguos alumnos. Después de una parada ante el ayuntamiento, donde se le cantó un solemne responso, recibió sepultura en el cementerio de San Rafael.

Fue una persona con dotes de gobierno, capaz de organizar y de infundir animación. Impulsó las obras educativas y la Familia Salesiana en toda la inspectoría bética. Reorganizó las obras destruidas en la Guerra Civil. Inteligente, padre bueno y sabio maestro, supo ofrecer lo mejor de sí mismo a la Congregación Salesiana y a la Iglesia.