Pablo Pedrosa Montes
Coadjutor (1886-1947)
Nacimiento: Quintanilla de la Cueza (Palencia), 30 de junio de 1886
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 20 de septiembre de 1906
Defunción: Santander, 11 de abril de 1947
Nació Pablo en el pequeño pueblo de Quintanilla en la comarca de la Cueza, de la fructífera Tierra de Campos (Palencia). Sus padres fueron Jesús Pedrosa y Gregoria Montes. Las primeras letras las estudió en su pueblo natal y el 27 de septiembre de 1903 entró en el colegio salesiano de la calle Viñas de Santander.
Hizo su noviciado en Carabanchel Alto y allí profesó en 1906. Una vez profeso, fue destinado sucesivamente a las casas de Madrid-Atocha, Salamanca, Barakaldo y Orense, donde alternaba las ocupaciones de portero, sacristán y ropero, pero también enseñaba el catecismo en el oratorio festivo.
Pasó muchos años en Vigo, donde dejó un perenne recuerdo de su actividad. En 1931 fue destinado a Santander y allí permaneció hasta su muerte. Se gloriaba de haber sido uno de los que había contribuido en las casas de reciente fundación donde había estado, a extender la devoción a María Auxiliadora y a consolidar la presencia de los salesianos en esas ciudades.
Durante la guerra no abandonó la casa salesiana de la calle Viñas reducida a prisión provisional de los seminaristas de Comillas y de los religiosos trapenses de Cóbreces (Cantabria), y de este modo pudo salvar muchos objetos de culto que de otra manera habrían sido robados o destruidos.
También durante el terrible incendio que asoló la ciudad de Santander en la madrugada del 15 al 16 de febrero de 1941, supo con su previsión salvar el colegio del peligro de incendio, llenando con cemento una leñera y estando pacientemente vigilante durante varios días para apagar cualquier brote que pudiera poner en peligro las instalaciones colegiales, que no sufrieron daño alguno.
La paciencia y el espíritu de pobreza fueron dos de sus grandes virtudes y las demostró poniendo gran atención en el cuidado de los objetos y en la preocupación por economizar en aquellos años difíciles. Personalmente era muy austero en el comer y en el vestir. Sabía perfectamente dónde estaba cada cosa, porque recogía y cuidaba todos los objetos.
Una doble hernia no cuidada le ocasionaba fuertes dolores, de los que no se quejaba, pero que le hacían pasar muchas noches insomne. La operación de las hernias prolongó unos años su existencia, pero tuvo que reducir su actividad a los servicios de portería y enfermería, que cumplía con gran exactitud y puntualidad. Se le veía alegre y con el rosario en la mano.
El 11 de abril de 1947, apenas acostado, se sintió mal. Unas inyecciones consiguieron reanimarlo un poco. Pero pronto la situación empeoró. Recibió consciente la absolución y la unción de los enfermos y murió pronunciando las palabras «María Auxiliadora, no me abandones». Tenía 60 años.