Adolfo Rodríguez Varona
Sacerdote (1924-1990)
Nacimiento: Tapia de Villadiego (Burgos), 29 de agosto de 1924
Profesión religiosa: Gerona, 16 de agosto de 1941
Ordenación sacerdotal: Martí-Codolar, 24 de junio de 195
Defunción: La Almunia de Doña Godina (Zaragoza), 15 de julio de 1990
Nació el 29 de agosto de 1924 en Tapia de Villadiego (Burgos). Sus padres, Graciliano y Gabriela, formaron una familia numerosa y hondamente cristiana. Diez fueron sus hijos, de los cuales tres abrazaron la vida religiosa: Adolfo, Leonor (jesuitina) y Anuncia (salesiana). Se vivió siempre en un ambiente muy religioso, debido en gran parte a que el padre, además de labrador, era sacristán, organista y brazo derecho del párroco.
Huérfano de padre a los pocos años de edad, Adolfo fue recogido por el párroco, don Pío, que le enseñó también los primeros latines. En 1935, trasladada la familia a Burgos, fue recibido en un pequeño internado por un celoso sacerdote, don Valentín, asesinado en 1936, que le ayudó a desarrollar sus excelentes cualidades musicales. Finalmente, por influencias de don Ildefonso, canónigo beneficiario de la catedral, conectó con los salesianos, y el 18 de agosto de 1936 pudo ingresar en el aspirantado de Astudillo.
Hizo su primera profesión en Gerona el 16 de agosto de 1941, al acabar el noviciado, y después de dos años de estudios filosóficos, realizó el trienio práctico en el Tibidabo y Huesca-San Bernardo. En 1947 comenzó teología en Carabanchel y terminó en Martí-Codolar, donde fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1951.
Ya sacerdote, fue destinado a Sarrià y al Tibidabo como organista y encargado de la escolanía, que dirigió con mano maestra durante cuatro años. Su vida sufre un brusco cambio cuando tiene que ejercer durante dos años como capellán militar en Arcila (Marruecos). Volvió después a sus tareas de maestro de música y administrador con los estudiantes de filosofía en Sant Vicenç dels Horts.
En 1960 es destinado a la casa de La Almunia de Doña Godina, recién fundada como casa de formación para salesianos coadjutores. Allí pasará el resto de su vida, exceptuados dos años (1978-1980) transcurridos con los estudiantes de filosofía en Valencia-San Vicente Ferrer, como ecónomo y delegado inspectorial de cooperadores. Fueron 28 años de fecunda labor pastoral entre sus alumnos de formación profesional e ingeniería técnica y con las buenas gentes del pueblo: profesor de inglés, confesor, director de la banda, organista en la parroquia, encargado de ADMA…
Adolfo se manifestó siempre como sacerdote salesiano, sin vacilación ni atisbos de dudas, amante de la liturgia y del canto religioso, fiel al servicio del altar, al rezo del breviario y al ministerio de la confesión.
De carácter amable y equilibrado, buscaba siempre la paz y la concordia, huyendo de extremismos y buscando el lado bueno de las personas y de los acontecimientos, el típico salesiano bueno, incapaz de hacer mal a nadie.
Saboreaba ya las mieles de la jubilación cuando imprevistamente un tumor canceroso vino a truncar sus planes. Conocedor de su situación irreversible, no perdió ni la sonrisa ni la serenidad, ni siquiera cuando, como consecuencia de la metástasis, hubo que amputarle el brazo derecho. Fue en esto, como en tantas cosas, un modelo en la aceptación de la voluntad de Dios.
En medio de los sinsabores de la enfermedad, tuvo unas horas de cielo, cuando en la fiesta de Don Bosco de 1989 pudo abandonar su lecho y acudir a la iglesia de María Auxiliadora del colegio, abarrotada de gentes amigas, para inaugurar un órgano litúrgico comprado por suscripción popular en su memoria. Lo inauguró él interpretando una pieza con su mano izquierda, acompañado de una profesora.
Rodeado de los hermanos de la comunidad y de sus dos hermanas religiosas, Leonor y Anuncia, entregó su alma al Señor el 15 de julio de 1990, a los 65 años de edad.
Tras un solemne funeral en la parroquia de La Almunia, su cuerpo fue depositado en el panteón salesiano, junto a otros beneméritos hermanos que dejaron su vida en ese querido pueblo aragonés.