Ruiz Ballestero, Enrique

Enrique Ruiz Ballestero

Coadjutor (1933-2013)

Nacimiento: Soria, 27 de octubre de 1933
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1952
Defunción: Martí-Codolar, 2 de noviembre de 2013

Nació en Soria el 27 de octubre de 1933, en el seno de una ejemplar familia numerosa de ocho hijos (de ellos, una hermana de la Caridad y Enrique, salesiano). El padre regentaba una floreciente empresa familiar de automoción. Pronto, cuando Enrique tenía 9 años, fallece repentinamente su padre, quedando la madre al cuidado de sus ocho hijos, entre 4 y 13 años.

Enrique vivió su infancia entre el mono del taller familiar, la sotana de monaguillo y el hábito de los franciscanos, con los que estudiaba de niño. Hasta que un día un profesor le encaminó a los salesianos de Pamplona y allí, al terminar los cinco años de maestría industrial de mecánica, se le despertó una nueva vocación: ni sotana, ni hábito franciscano, ni mono azul de mecánico…: salesiano coadjutor «en mangas de camisa».

El 16 agosto de 1951 empieza el noviciado en L’Arboç del Penedès (Tarragona), donde profesa el 16 de agosto de 1952. Los años siguientes en la casa de Sarrià fueron de gran actividad entre talleres, clases, asistencias, deportes, actor y director de teatro (el 19 de marzo de 1953 se estrena el gran teatro de Sarrià) y más estudios en la escuela industrial de Barcelona. Pero Enrique era feliz, en plena realización de su vocación salesiana.

Su vida transcurrió en largas estancias en Sarrià, alternando con períodos cortos en los Hogares Mundet, Zaragoza y Monzón para recalar definitivamente en Sarrià. Se mantuvo siempre obsesionado por la formación profesional, entre multitud de iniciativas promovidas por su mente inquieta: creación del taller de automoción en Sarrià; fundador de la OTI (Oficina Técnica Inspectorial), que tanto contribuyó a la dignificación de la formación profesional de nuestros centros; creador en Sarrià del departamento de escuela-empresa; encargado de la casa de colonias de Montseny… Un ímprobo trabajo llevado a cabo con gran rigor y sentido organizativo. Fueron años duros, de intensa actividad, con grandes satisfacciones mezcladas con incomprensiones y desánimos, agravados al final por la conciencia de ir perdiendo fuerzas, afectado por diversas enfermedades.

Su vida discurrió con dedicación plena a sus dos pasiones: su vida salesiana y su profesión, como buen discípulo de Don Bosco. Fue un trabajador incansable, ordenado, disciplinado, entregado, un profesor exigente, próximo y dialogante.

Bajo su fachada de hombre de acción, se escondía un muy buen religioso, entregado a la voluntad del Señor. En 2012 dejó de escribir la reseña de su vida: «El último párrafo de esta reseña lo cedo al Señor para que juzgue mi vida y me otorgue el juicio que verdaderamente merezca. Ignoro cuál pueda ser la última etapa que pueda escribir. Dios quiera que lo que falte plasmar sea en alabanza de Dios y bien de mi alma».

En respuesta a la pregunta de cómo estaba, solía responder «bien y mejor cuando Dios quiera». Su deseo de vivir era muy fuerte y Dios quiso que fuera mejor cuando el 2 de noviembre de 2013 entregaba su alma al Señor, a los 80 años, con una muerte rápida y apacible, después de haber conversado amigablemente con el salesiano que le acompañaba, en la clínica San Rafael de Barcelona, en la que pocos días antes había ingresado.