Santos de Dios, Hilario

Hilario Santos de Dios

Sacerdote (1942-1986)

Nacimiento: Salamanca, 3 de junio de 1942
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1958
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 3 de marzo de 1968
Defunción: Madrid, 1 de agosto de 1986

Hilario tenía 4 años cuando comenzó a frecuentar la escuela maternal de las salesianas, de las que pasó a la escuela nacional del pueblo de Zamayón (Salamanca), cuyo maestro lo consideraba de lo más inteligente, estudioso y bondadoso que había conocido. Ingresó en el colegio salesiano de Salamanca a los 9 años. En él estudió —siempre en el cuadro de honor— los cuatro primeros cursos de bachillerato y la reválida. Y en ese colegio de María Auxiliadora, tan fecundo en vocaciones, sintió la llamada del Señor para ser salesiano.

Tenía 14 años cuando pasó al aspirantado de Arévalo para prepararse al noviciado, que concluyó con la profesión el 16 de agosto de 1958. Tras los estudios de filosofía en Guadalajara, hizo el trienio práctico en el colegio de Deusto, finalizado el cual, cursó los estudios de teología en Salamanca. Fue ordenado sacerdote el día 3 de marzo de 1968.

Después de la ordenación fue destinado a Bilbao-Deusto, mientras asistía a la universidad para obtener la licenciatura en Ciencias Químicas.

A sus 31 años, le encomendaron la dirección de la Escuela de Ingeniería de Alza, en Errenteria (Guipúzcoa), obra entonces conflictiva; pasó después a la casa de formación de Urnieta, aspirantado para los cursos de bachillerato y de formación profesional; asumió a continuación la dirección de las escuelas profesionales de Pamplona (1983), casa muy compleja y entonces en difícil situación, al haberse suprimido el convenio con la Diputación Foral.

En 1985, fue nombrado inspector de Bilbao. Tomó posesión de su cargo precedido de la reputación de hombre competente, prudente y bueno, y gozando del afecto sincero de toda la inspectoría, que había puesto en su gobierno las más halagüeñas esperanzas.

Tenía una gran base humana y excelentes cualidades intelectuales, que supo poner siempre a disposición de los demás, con una seriedad natural que guardaba una sonrisa interna y una bondad de corazón exquisitas, gran capacidad de acogida, cercanía, facilidad para el diálogo, siempre atento a las necesidades de los hermanos, particularmente sensible con los salesianos enfermos y ancianos.

Ejemplar, austero, exigente y piadoso religioso salesiano. Vivía la dimensión salesiana en toda su riqueza. Era auténtico como salesiano.

Su primer mensaje —como inspector— lo abre con esta idea: «Los tiempos actuales, con la sobrestima de todos los valores naturales, humanos…, favorecen el progreso de la superficialidad espiritual… Necesitamos, en contrapartida, ahondar la dimensión contemplativa de nuestra vida religiosa».

La renovación de la vida salesiana, propia de estos años de la asimilación de las nuevas Constituciones, encontraba en él al salesiano modelo y al sereno animador. Los problemas de la escuela tenían en él a la persona que luchaba al máximo por la defensa de los derechos de la juventud. Fue grande su preocupación por todas las etapas de la formación inicial, el cuidado de la Familia Salesiana y la consolidación de las misiones de Benín (África).

Por desgracia un repentino tumor maligno invadió su estómago y avanzó imparable. Él mismo lo anunciaba y, al tiempo, se ponía en las manos de Dios, previendo para su vida un plazo corto. Cinco intervenciones quirúrgicas y los cuidados médicos no pudieron detener el mal.

La penúltima noche fue de verdadera prueba: Se me parte la espalda; me muero de fatiga, de angustia, de congoja, de asfixia…; el silencio de Dios me produce tristeza». El último día estuvo ya sereno. El doctor que lo asistió hasta que expiró, decía: «Hoy he recibido la mayor impresión de mi vida».

Su muerte silenció las celebraciones externas de las Bodas de Plata de la inspectoría de Bilbao, pero no pudo silenciar su mensaje, expresado en aquel ruego al vicario inspectorial: «Pide para que el Señor acepte mi sacrificio como señal de unidad y fidelidad de nuestra inspectoría».

Falleció en Madrid, el día 1 de agosto de 1986, a los 44 años de edad.

Su vida fue un testimonio ejemplar de pertenencia entrañable a nuestra Congregación, expresada en su gran disponibilidad, al aceptar los difíciles cargos que le propusieron. Exigente consigo mismo, no pactaba con medias tintas, con la mediocridad: la exigencia era norma, hábito de su vida, camino vivencial de sus valores religiosos y salesianos. Y ya superior, esta exigencia se trocará en celo pastoral por ayudar, comprender o disculpar caritativamente los fallos de los hermanos, pero sin omitir el consejo, la corrección y la animación.