Feliciano Unzu Irisarri
Sacerdote (1882-1954)
Nacimiento: Galar (Navarra), 19 de junio de 1882
Profesión religiosa: Sarrià, 18 de septiembre de 1907
Ordenación sacerdotal: Mataró, 19 de octubre de 1915
Defunción: Alcoy, 11 de noviembre de 1954
Nació en Galar (Navarra) el 19 de junio de 1882. Sus padres, cristianos de costumbres sencillas, tuvieron 10 hijos, de los cuales cuatro se hicieron religiosos y uno de sus sobrinos fue misionero salesiano en la China. En este ambiente surgió la vocación de Feliciano. Siendo sacristán de la parroquia, era admirable verle a él y a sus cuatro hermanas, a las cuatro de la mañana de todos los domingos de octubre, despertar a la gente para el rosario de la aurora.
La frecuente lectura del Boletín Salesiano, que su párroco recibía, le orientó hacia los salesianos, con gran disgusto del párroco que lo hubiera querido en el seminario diocesano. Feliciano marchó a Barcelona. En 1904 entró en la casa de Sarrià, donde hizo dos años de aspirantado y allí comenzó el noviciado e hizo la primera profesión el día 18 de septiembre de 1907. Siguió en Sarrià estudiando filosofía. El trienio práctico lo hizo entre Sarrià (dos años) y El Campello, mientras estudiaba tres cursos de teología. El cuarto lo hizo en Mataró, donde recibió la ordenación presbiteral el 19 de octubre de 1915.
Trabajó sacerdotalmente durante 12 años en la casa de San José de Rocafort de Barcelona, como consejero escolástico, con una autoridad amable y un gran espíritu de trabajo entre el millar de jóvenes que llenaban el colegio. Su carácter era bravo, pero sencillo, simpático y humilde como su pequeña estatura. El trabajo escolar y el apostolado fueron su obsesión. Era el hombre del reglamento y del horario, pero también el hombre de la alegría. Proyectaba el cine, cantaba en la iglesia, bromeaba con todos y todos con él.
Durante la Guerra Civil estuvo escondido en Valencia, con don Juan Ortega, don Juan Corbella y don Rafael Luna, en un granero lleno de sacos, cosechas y enseres de labranza de la familia Albors, en el barrio valenciano de Orriols. Para combatir el frío llevaban un saco con tres agujeros ceñido con una cuerda. Parecían auténticos penitentes del desierto.
Tras la guerra, Alcoy fue su casa durante 27 años. Allí derramó «don Fili» los dones con que el Señor le había adornado. Siempre corriendo (por su espíritu activo), siempre resoplando (por el asma que le ahogaba desde la guerra). No descansaba nunca. Parecía llamado a ser el eterno rector del santuario de María Auxiliadora, donde pasaba el día entero, desde que dejó la escuela.
«Don Fili» fue un alma profundamente eucarística y mariana. Vivió el espíritu de pobreza, que amó y practicó hasta la exageración. Su carácter fuerte le llevaba a veces a arrebatos de impaciencia, pero siempre pedía perdón. Trabajó sin pausa en la asistencia, en la iglesia y en el confesionario.
Murió el 11 de noviembre de 1954. Apareció muerto sobre su cama. El dolor de todos, salesianos y jóvenes, fue enorme. Centenares de personas desfilaron ante sus restos para dar el último adiós a quien fue padre y bienhechor de tantos jóvenes y hombres de la ciudad.