Uranga Arambarri, José María

José María Uranga Arambarri

Sacerdote (1926-2003)

Nacimiento: Azkoitia (Guipúzcoa), 8 de septiembre de 1926
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1944
Ordenación sacerdotal: Tibidabo, 4 de enero de 1954
Defunción: Martí-Codolar, 10 de agosto de 2003

Nació el 8 de septiembre de 1926, en Azkoitia (Guipúzcoa), y a los pocos días perdió a su padre.

Fue alumno del colegio salesiano de Floreaga de su pueblo, donde pronto sintió la llamada del Señor. A los 13 años marchó al aspirantado de Huesca (1939-1940) y después a Sant Vicenç dels Horts (1940-1943). Allí mismo hizo el noviciado que culminó con la profesión religiosa, el 16 de agosto de 1944.

Hizo los estudios de filosofía en Gerona y el tirocinio práctico en Valencia-San Antonio (1946-1949). Regresó a Barcelona para estudiar teología en Martí-Codolar (1949-1953), siendo ordenado sacerdote en el Tibidabo el 4 de enero de 1954.

Ya sacerdote, tras pasar un tiempo en Mataró para reforzar su salud, fue destinado a L’Arboç, donde fue durante 10 años asistente de novicios (1954-1964). Después, tras dos años como administrador de Sarrià (1964-1966), en 1966 fue destinado como director a la residencia escolar Belloch de la Roca del Vallès (Barcelona), obra social de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona (1966-1971). Marchó después a Tremp (1971-1974), Ciutadella (1974-1979) y al templo del Tibidabo, donde fue encargado de la escolanía durante 21 años (1879-2000).

Finalmente, en julio de 2000 fue trasladado ya enfermo a la residencia de Martí-Codolar, donde falleció el 10 de agosto de 2003 a punto de cumplir 77 años de edad.

José María fue un salesiano fiel, gran trabajador, austero, observante, algo reservado y de genio vivo, un salesiano de convicciones profundas que intentó inculcar siempre a los demás, especialmente a sus novicios.

Era un maestro muy práctico de canto y música instrumental, perseverante e insistente; gracias a su estímulo, muchos alumnos suyos se animaron a cursar estudios de música y a tocar distintos instrumentos.

Fue siempre un hombre atento, servicial, silencioso y sacrificado, un sacerdote que nunca regateaba nada que pudiera favorecer el esplendor del culto. Gran devoto de la Virgen, en los últimos años sobre todo no abandonaba el rezo del rosario, supliendo así la imposibilidad de recitar el breviario.