Pérez Vázquez, José

José Pérez Vázquez

Sacerdote (1931-2020)

Nacimiento: Vigo, 25 de marzo de 1931
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1948
Ordenación sacerdotal: Madrid, 23 de junio de 1957
Defunción: Arévalo, 28 de marzo de 2020

Pepiño fue el nombre con el que siempre se le conoció y no solo porque José Pérez es en España poco menos que un nombre común, sino porque el diminutivo cariñoso de Pepiño definía bien su personalidad: niño, travieso, juguetón, bromista, rebelde, contestatario, original, caprichoso, pero de buen corazón, siempre a disposición de todos y, naturalmente, gallego. Nació en Vigo el 25 de marzo de 1931.

Queriendo ser salesiano en 1943 marchó a Santander, donde un bonito chalet junto al colegio salesiano de María Auxiliadora se había habilitado para acoger un pequeño grupo de aspirantes de primer curso. El lugar era delicioso y Santander le recordaba mucho a su ciudad natal de Vigo y allí se encontraba a gusto. Todo cambió para él al año siguiente cuando pasó al colegio de Astudillo. El cambio le resultó tan brusco, que Astudillo se convirtió, según sus palabras, en “el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno”, que es como define el Astete al infierno. Fueron tres años duros los que pasó allí.

En 1947 dejó Astudillo por el noviciado de Mohernando, donde profesó el 16 de agosto de 1948. Los estudios de filosofía los cursó en el colegio de Madrid-San Fernando y el trienio práctico lo realizó los dos primeros años en Baracaldo (1950-1952) y el tercero en el colegio de Madrid-San Fernando. Los cuatro años de teología los cursó en Carabanchel, donde fue ordenado sacerdote el 23 de junio de 1957.

Como sacerdote fue enviado, paradojas de la obediencia, a Astudillo donde pasó solo un año. Se dice que mientras hacía el quinquenio en Madrid, le llegó la noticia de que el Inspector lo trasladaba a otra casa y dejó el cursillo y se marchó a toda prisa a Astudillo, dando como razón: “Me marcho enseguida, para preparar el cambio, no sea que el Inspector se arrepienta”. No se arrepintió y fue enviado como consejero al colegio de Calvo Sotelo de La Coruña, donde permaneció solo un año, pasando después como consejero a su ciudad de Vigo (1959-1962). De Vigo marchó a Celanova (Orense), donde había un grupo de aspirantes. Parece ser que no se entendió muy bien con el director, que pidió al inspector que lo cambiara de allí y el inspector, según refería el mismo Pepiño, que escucho la conversación desde el pasillo, respondió ¿Y dónde lo mando? Lo mandó como profesor a Orense (1965-1967) y de allí fue enviado al colegio San Juan Bosco de La Coruña, donde encontró un estable acomodo desde 1967 a 2016, en que, debido su estado de salud, tuvo que ser enviado a la residencia de enfermos Felipe Rinaldi de Arévalo, donde murió 28 de marzo de 2020 a los 89 años de edad.

Es difícil hablar de la personalidad de Pepiño. Convertido en personaje famoso, se le ha hecho protagonista de hechos, anécdotas, dichos, gestos, etc. de toda clase, unos reales, otros exagerados y distorsionados, otros inventados de sana planta. De él se podía escribir todo un libro. La verdad es que era un personaje atípico. Pero estaba lejos de ser un superficial o un viva la Virgen, como suele decirse. A la faceta cómico-extravagante hay que oponerle la faceta seria de un trabajador responsable y exigente en el cumplimiento de sus deberes. Buen religioso, cumplidor y observante de las prácticas de piedad: “En los 8 años que compartí comunidad con él, nos dice uno de sus directores, recordaré siempre: su religiosidad y entrega diaria indiscutible; sus horarios inviolables y dedicación a los servicios que se le encomendaban en la comunidad”. Preparaba bien sus clases, era muy riguroso en la enseñanza y era un profesor muy eficaz, aunque sus métodos no siempre fueran del todo ortodoxos. Sus alumnos sabían de la puntualidad y atención-tensión que había que prestar en sus clases de inglés (de 12 a 15 notas a cada uno en cada hora lectiva). En el fondo era estimado y querido, aunque no todos toleraran fácilmente algunas de sus bromas. Detrás de su coraza irónica había un hombre sensible y una gran persona. Y si alguna vez se sobrepasaba y buenamente se le hacía observar que alguno de sus dichos o chascarrillos podría molestar a alguien o que alguna de sus ocurrencias era mejor no recordarla, su respuesta era siempre: “Déjelo de mi parte”. Y así era.

Pepiño será recordado sin duda por sus anécdotas, pero también por haber sido un sacerdote y educador plena y originalmente entregado al carisma salesiano.