Vicente Peris Guanter
Sacerdote (1946-2018)
Nacimiento: Bonrepòs (Valencia), 18 de febrero de 1946
Profesión religiosa: Godelleta (Valencia), 16 de agosto de 1966
Ordenación sacerdotal: Cuenca, 26 de diciembre de 1976
Defunción: Valencia, 31 de mayo de 2018
Vicente nació en Bonrepòs (Valencia) el 18 de febrero de 1946 en el seno de una familia muy unida a la Congregación Salesiana. Fueron sus padres José, labrador de Bonrepòs i Mirambell, y María, ama de casa. Entre sus antepasados contaba a tres tíos paternos salesianos: Filiberto, Vicente (sacerdotes) y Salvador (clérigo).
Después de unos cursos de aspirantado en Cabezo de Torres y en Villena (1961-1965), hizo el noviciado en Godelleta, donde profesó como coadjutor el 16 de agosto 1966. Fue después destinado a la casa de Cuenca, donde trabajó como maestro y asistente (1966-1972) y donde pudo alcanzar su meta soñada de ser sacerdote: estudió filosofía y teología en el seminario diocesano (1972-1977) y recibió la ordenación sacerdotal el 26 de diciembre de 1976.
Su labor pastoral, después de unos años en Cuenca, la realizó exclusivamente en la obra salesiana de Valencia-San Juan Bosco, desde 1977 hasta su fallecimiento: 41 años de fecundo apostolado salesiano.
Vicente, o «el pare Vicent», como era conocido popularmente, fue un asceta que, alimentado por la Palabra de Dios y movido por la fuerza de la caridad, desgranó su vida sembrando la semilla del evangelio de la misericordia, primero entre generaciones de alumnos y después, ya jubilado, en la parroquia y en el barrio, entre familias, enfermos, ancianos, personas desprovistas de asistencia y cariño, siempre inclinado a los más débiles y necesitados. Nos demostró con su entrega ser un fiel seguidor del Jesús que «vino a servir y no a ser servido».
En estos últimos años, liberado ya de las obligaciones docentes, era fácil verle, desde las primeras horas de la mañana, salir del colegio a paso ligero para recorrer las calles de Valencia, con su mochila a cuestas, llevando la comunión y el alivio de su compañía sacerdotal a personas que lo requerían en hospitales o en sus propios domicilios. Como testimoniaba una de estas personas, «cuando el pare Vicent entraba en casa, convertía el agua en vino». Tenía ese don de mitigar los dolores ajenos con el bálsamo de su palabra y su trato cordial. Lo daba todo, sin esperar nada a cambio.
Vicente no tenía una salud fuerte, a su aspecto físico se le podrían aplicar lo que santa Teresa dijo de san Pedro de Alcántara: «Tan extrema su flaqueza que parecía hecho de raíces de árboles…». En el último año sufrió dos serias intervenciones quirúrgicas que dejaron maltrecho su ya débil organismo. En la mañana del 30 de mayo debió someterse a una tercera operación, planificada por los médicos para acabar de limpiar su organismo de molestos tumores.
«El Señor me quiere más que nadie —fue su último mensaje enviado a su director de comunidad antes de operarse—, así que me pongo en sus manos. La paz contigo». «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo» (Salmo 22), fue otro mensaje póstumo enviado a un hermano de la comunidad. Vicente vislumbraba ya su «pascua», como él solía definir el trance de la muerte. Su débil corazón, en efecto, no soportó la prueba y falleció a las 23.00 horas del 31 de mayo en el Hospital Clínico de Valencia, a los 72 años de edad.
No extrañó a nadie la respuesta inmediata y la conmoción general ante la noticia de su inesperada muerte. Cuando al día siguiente su cadáver fue llevado a nuestra parroquia, el templo se llenó de personas para velarle, rezar por él y manifestar a la familia y a la comunidad salesiana su afecto. El velatorio se cerró con unas vísperas dirigidas por los miembros de la comunidad neocatecumenal a la que él acompañaba como presbítero y a los que se entregó con gran generosidad sacerdotal.
Al día siguiente, el templo parroquial resultó insuficiente para acoger a tantas personas que quisieron asistir al funeral, muchas de las cuales tuvieron que hacerlo desde la calle. «Vicente, afirmó el director José Joaquín Gómez en su homilía, fue el auténtico buen pastor que gastó su vida en busca de las ovejas necesitadas para darles vida y esperanza».
Al terminar la misa exequial, sus restos fueron trasladados al cementerio de Bonrepòs, donde reposan junto a los de sus padres.