Rollizo López, Bonifacio

Bonifacio Rollizo López

Sacerdote (1904-1984)

Nacimiento: Navaleón (Toledo), 14 de mayo de 1904
Profesión religiosa: Sarrià, 17 de marzo de 1927
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 21 de mayo de 1934
Defunción: Mataró, 4 de febrero de 1984

Nació en Navaleón, cerca de Talavera de la Reina (Toledo). A los 18 años se planteó seriamente su vocación y decidió ser salesiano. Ingresó en el aspirantado de El Campello, mocetón de 20 años, en medio de jovenzuelos. Se vivía en esa casa una época pletórica bajo la dirección de don José María Manfredini, «el restaurador».

De allí marchó al noviciado de Sarrià (1926-1927), donde se inició en la vida salesiana a la sombra del mítico padre Viñas y de don Antonio Martín, mártir unos años después.

Siguieron dos años en Gerona y tres en Argentina (1929-1932). Completó sus estudios teológicos en Carabanchel Alto (1932-1934), donde apenas dos meses después de la canonización de Don Bosco, recibe el presbiterado.

Estrenó su sacerdocio en Huesca, pasó dos cursos en la recién estrenada casa de Azkoitia y tres en Pamplona. En 1943 llegó a Cataluña: dos años catequista de artesanos en Sarriá y en 1945 entra en Mataró, que solo abandonará por un trienio pasado en Rocafort, donde fue administrador.

Treinta y seis años pasó en Mataró, donde gozó como nadie de la historia de sus 10 directores. Todos le conocían y trataban como «don Boni». Era su nombre, casi su definición. Era un hombre extraordinariamente sencillo, alegre, acogedor, irradiaba simpatía y buen humor a su alrededor, siempre ocurrente, pronto a devolver la broma con su lenguaje jocosamente arcaizante y contorsionado, siempre rodeado de niños en el patio, en su despacho, atendiendo cordialmente a todo el mundo.

Comprensivo y humano con los demás, era sufrido y austero consigo mismo. Sus achaques y molestias —que no fueron pocas— eran cosa suya.

Fue un hombre de Dios. Durante toda su vida de sacerdote desempeñó con fiel entrega las misiones de confesor y catequista. Fue un gran confesor de salesianos, de alumnos y de comunidades religiosas.

Tenía un corazón oratoriano. Sus dotes de profesor no fueron nunca sobresalientes, pero su calidad humana puso durante años en el colegio el contrapunto a cierta rigidez disciplinar. El día anterior a su muerte aún estuvo, como cada día, en el patio. Un sencillo monolito en el acceso a los patios recuerda hoy el ejemplo de asistencia salesiana de don Boni.

Se preparaba una celebración por los 80 años que habría de cumplir el 14 de mayo, pero el 3 de febrero a media mañana se sintió mal. El corazón le fallaba. Fue trasladado al Hospital de Mataró, después a Barcelona. Se le prodigaron atenciones médicas. Pidió la absolución y sobrevino el ataque fulminante. Aún unas horas en coma y el Señor le llamaba a su presencia.