Olegario Salán Fernández
Sacerdote (1918-1976)
Nacimiento: Ventosa del Río Pisuerga (Palencia), 2 de febrero de 1918
Profesión religiosa: Mohernando, 4 de octubre de 1940
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 21 de junio de 1947
Defunción: Zamora, 10 de enero de 1976
Nació en el pueblecito palentino de Ventosa del Río Pisuerga el día 2 de febrero de 1918. Su familia se trasladó pronto a Osorno, donde su padre desempeñaba el oficio de cartero. Ingresó en el seminario de misiones de Astudillo en 1930. Al año de estar en el colegio, le sucedió el gravísimo accidente que condicionó el resto de su vida: el día 25 de agosto de 1931, para despedir a la cuarta expedición de misioneros que marchaban a Italia, hubo un sonoro repique de campanas. Unos cuantos alumnos, entre ellos Olegario, subieron a la torre y en el volteo de las campanas Olegario cayó a tierra, sin sentido con un fuerte golpe en la cabeza. La inconsciencia le duró media semana, se recuperó, pero le quedaron secuelas para toda su vida.
En 1936 comenzó el noviciado en Mohernando. Y allí lo sorprendió la Guerra Civil española. Todos fueron apresados y llevados a los calabozos de la Dirección de Seguridad de Madrid. En atención a su juventud fue recogido en el asilo de la embajada de Rumanía. Al terminar la guerra volvió al noviciado y el día 4 de octubre del año 1940 hizo su profesión religiosa. Estudió teología en Carabanchel Alto y fue ordenado sacerdote el día 21 de junio de 1947.
A partir de esta fecha, comenzó una vida entregada a los niños y jóvenes de la inspectoría. En los colegios de San Fernando de Madrid y del Naranco en Oviedo desempeñó diversas encomiendas y responsabilidades. Al abrirse el aspirantado de Cambados fue nombrado director. Los que convivieron con él en aquellos años saben de sus fatigas, apuros, aprietos de toda especie para llevar adelante aquel pazo repleto de aspirantes, sin más despensa que la de la Providencia, que, por cierto, nunca les faltó.
Practicaba una pobreza franciscana, una austeridad espartana en la comida, en la bebida, no usaba su habitación para dormir, sino que le bastaba para descansar la dura tierra o una silla.
Fue un hombre de ideas y de principios firmes, pero dotado de gran bondad de corazón y de un trato exquisito en sus modales con toda clase de personas, en especial con los niños y jóvenes. Otra de sus características era la serenidad, basada en la confianza que depositaba en los medios humanos y, de manera especial, en los divinos.
Destacaba su ardiente celo sacerdotal. Era muy apreciado como confesor, por su bondad y sus acertados consejos; consumió muchas horas de su vida en el confesionario, ocupación a la que gustosamente sacrificaba cualquier otra actividad o distracción.
Después de una vida tan llena y fecunda, Dios lo probó con una enfermedad que lo tuvo postrado en cama durante un año. Ante la gravedad irreversible de su situación, pidió volver a la casa de Zamora, donde quería morir. Fue trasladado allí el día 24 de diciembre. Pasó bien las navidades, pero enseguida experimentó un deterioro general en su salud que le ocasionó la muerte. El día antes de morir oyó la santa misa y comulgó. Plácidamente, lúcido y aceptando los designios de Dios, entregó su espíritu al Padre el día 10 de enero de 1976. Tenía 57 años.
En su muerte se puso de manifiesto la general simpatía de que gozaba, el gran afecto que le tenían todos los que lo habían tratado. Y es que don Olegario amó a las personas con profundo calor humano, con delicadeza sobrenatural y con una entrega total, viviendo para los demás con absoluto olvido de sí mismo. Hizo de su vida un acto de amor por los demás.