Ricardo Arias Gómez
Sacerdote (1942-1996)
Nacimiento: Cerezo de Abajo (Segovia), 4 de junio de 1942
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1958
Ordenación sacerdotal: Roma-UPS, 21 de diciembre de 1968
Defunción: Urnieta, 9 de marzo de 1996
Nacido en Cerezo de Abajo (Segovia) el día 4 de junio de 1942, su infancia la vivió en Lozoyuela (Madrid). Hizo el noviciado en Mohernando y allí profesó el 16 de agosto 1958. Tras los estudios de filosofía en Guadalajara, fue destinado a hacer el trienio práctico al colegio Ciudad Laboral Don Bosco de Errenteria. Al terminar el trienio, fue enviado a estudiar teología a la Universidad Pontificia Salesiana de Roma, donde fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1968.
Ya sacerdote, su primer destino fue la casa de Cruces-Barakaldo, como coordinador de pastoral. De 1972 a 1975, fue delegado inspectorial de pastoral juvenil. De 1975 a 1985, vivió en la comunidad de San José Artesano de Barakaldo, respondiendo desde un piso a los retos y situaciones que la calle iba presentando a la juventud en estos años. De 1985 a 1989, fue director de la casa de Pamplona.
A la muerte repentina del inspector de Bilbao, don Federico Hernando, en 1989, fue propuesto y elegido como inspector. Desde su elección, se dedicó en cuerpo y alma a la animación salesiana de los hermanos, comunidades y Familia Salesiana. La experiencia de los viajes a las presencias misioneras en Benín, el encuentro personal con los hermanos, la animación de las comunidades y obras en todas las dimensiones de la vida educativa y pastoral salesiana, fueron modelando su vida, recibiendo su savia, formalizando su experiencia y camino espiritual de pastor educador al estilo de Don Bosco. Ya al final de su mandato, aunque aquejado de grave enfermedad, fue llamado a formar parte de la comisión precapitular del XXIV Capítulo General (CG) donde trabajó durante todo el mes de septiembre de 1995 en la elaboración del documento capitular.
La enfermedad se fue agravando inexorablemente y, después de 40 días sin poder asimilar absolutamente ningún alimento, murió el 9 de marzo de 1996. Al amanecer, se movió lentamente en la cama y logró con sus manos quitarse los calcetines que tenía. Terminó de descalzarse y plácidamente expiró. Así, con este gesto profético, pasó, descalzo, a la tierra sagrada del encuentro con Dios.
Durante los últimos meses de enfermedad dejó impresas en un libro las vivencias espirituales de su vida (Quiero ser Palabra. La cercanía de Dios en mi vida, Editorial CCS, Madrid, 1996).
Escribe sobre la expresión de su vida como vocación, llevada a cabo con una visión optimista y agradecida de la existencia, del mundo y de cada persona: «Estoy viviendo a flor de piel que lo que más amo, lo más valioso de mi vida es lo menos mío. Entiendo que se me quiera, a pesar de todo. Si Dios mismo ha puesto en mí su cariño, ¿cómo no voy a ser apetecible? Soy, como lo es Dios, pura novedad de vida cada día. Esto es lo que pasa entre las personas que se quieren apasionadamente. Pero, con Dios por medio, todo esto desborda todo lo esperado. No es que Dios me quiera porque valgo mucho; sino que valgo “todo”, porque Dios me quiere… cariño de Dios… y no sé por qué precisamente yo… Pero lo soy».
La esperanza vivida como misión: «Dios me ama a mí: no mis cosas. Y me siento así, color negro en manos de Dios, que no sabe sino sacar arte del caos como el “primer día” del universo. Y me experimento así. Cada vez más vacío de mí mismo, pura nada en manos del Eterno Artista».
Ricardo lo vivió y lo sintió con fuerza: «Cada palabra que me ha inspirado el Señor ha tenido nueva fuerza creadora: mis hermanos y hermanas me las han devuelto en respuestas, en gestos, en miradas… que han luchado por convertirme a mí hacia el mismo cariño que anunciaba».
Su capacidad afectiva y de comunicación le convertían en signo y portador del amor tierno, paterno y materno de Dios; la encarnación práctica y concreta del «¡No basta amar! ¡Que se sientan queridos!».
Su funeral, presidido por monseñor Setién, obispo de San Sebastián, revistió una solemnidad inusitada. La iglesia del colegio se quedó pequeña. El espíritu y la vida de Ricardo seguían y siguen todavía arrastrando a la gente. Muchos son los que, al pasar por la casa de Urnieta, se acercan a su tumba.