Félix Bartolomé Arranz
Coadjutor (1904-1987)
Nacimiento: Olivares del Duero (Valladolid), 16 de febrero de 1904
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 16 de agosto de 1926
Defunción: León, 16 de diciembre de 1987
Nació en Olivares del Duero (Valladolid) el 16 de febrero de 1904.
Hizo el aspirantado en Orense y de allí pasó al noviciado de Carabanchel Alto, donde hizo su profesión el 16 de agosto de 1926. Fue en el noviciado, bajo la dirección del padre Castilla, donde puso unos cimientos profundos y firmes para toda la vida.
Destinado a Orense, al cabo de un año marchó como misionero a Brasil, donde permaneció 14 años: en Bahía y en Recife. En 1941 volvió a España y trabajó en Carabanchel Alto, Astudillo, Santander, Arévalo, Astudillo de nuevo, Pazo de Lóngora-La Coruña, Orense, Medina del Campo, León-Centro Don Bosco y León-casa inspectorial.
Su existencia fue modesta; alternaba los cargos de hortelano, despensero y sacristán, predominando sobre todo el primero; sin embargo, su vida no pasaba inadvertida, y ejercía atracción por su trayectoria inalterable de fidelidad al sí definitivo que pronunció en la profesión. Era ejemplar y consolador comprobar cómo durante toda su vida el señor Félix aparece fiel a sí mismo, hecho de una sola pieza, inalterable, con su personalidad a la vez compleja, lineal y coherente. Bien se puede decir que fue un magnífico ejemplo de coadjutor salesiano.
No era Félix un hombre de componendas. Se entregó a Dios de corazón, y, sostenido por la gracia, cumplió este compromiso durante 71 años. Era castellano viejo, en el que su palabra era ley. Leal en los compromisos y en la amistad. Odiaba la mentira y amaba la verdad con ardor, y en sus comportamientos resplandecía una rústica nobleza encantadora. La vida la vivía con pasión y entrega. Era un trabajador de jornada entera: diligente desde el alba, incansable en todo el día; responsable, cumplía lo que se le encomendaba y lo llevaba a buen puerto; recio y sufrido aun en los momentos de dolorosa enfermedad. A la pregunta por su salud, la respuesta era siempre la misma: «Estoy bien; no necesito nada. Muchas gracias».
Fervoroso, de piedad sencilla, hondamente sentida, aun en las épocas de mucho trabajo, pasaba todos los días algún rato ante el sagrario; muy de mañana bajaba a la capilla y se colocaba junto a la imagen de María Auxiliadora, a la que miraba embelesado; le gustaba también hacer oración en comunidad. Amaba a Don Bosco hasta conmoverse. Amaba a la Congregación y por ella trabajó. La Congregación era su casa, su familia: lo suyo. Por eso gozó siempre del cariño de todos, como se puso de manifiesto en la celebración de las Bodas de Diamante de su profesión religiosa en 1986.
Vencido por el trabajo, pasó los últimos años de su vida en la casa de enfermos de León, donde se fue apagando lentamente. Murió el 16 de diciembre de 1987, en el umbral de los 84 años, dejando en todos un grato recuerdo.