Cerdá Micó, Rafael

Rafael Cerdá Micó

Sacerdote (1893-1967)

Nacimiento: Onteniente (Valencia), 26 de enero de 1893
Profesión religiosa: Sarrià, 21 de septiembre de 1910
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 29 de junio de 1919
Defunción: Mataró, 11 de octubre de 1967

Nació el 26 de enero de 1893 en Onteniente (Valencia), de una familia cristianísima que a los 11 años lo llevó a los salesianos de Sarrià, e ingresó en el colegio de la Esmeralda (1904-1905), donde ya tenía un hermano mayor. Al año siguiente, junto con los demás alumnos y superiores, se trasladó a Mataró (1905-1909). Allí se sintió ganado a la causa de sus educadores y, antes de acabar el bachillerato, pidió ser salesiano.

Inició el noviciado en Sarrià, culminado con la profesión religiosa el 21 de septiembre de 1910. Estudió filosofía en El Campello (1910-1912), y realizó el trienio práctico en Sarrià (1912-1915). Cursó teología entre El Campello (1915-1916) y Mataró (1916-1919), mientras daba clases y estudiaba francés en verano. El 29 de junio de 1919 se ordenó sacerdote en Barcelona.

Después de la Guerra Civil, que pasó en Onteniente con sus familiares, trabajó en Mataró (1919-1949; 1952-1967) como consejero (1919-1920; 1927-1938), catequista (1920-1927; 1939-1942) y prefecto (1942-1949; 1952-1958). Fue también director de Alicante (1949-1952) y volvió de nuevo a Mataró hasta su muerte, acaecida el 11 de octubre de 1967.

Por sus 50 años pasados en el colegio de Mataró, alguien llegó a decir que don Rafael Cerdá era medio colegio de Mataró: en él fue sucesivamente alumno, clérigo y sacerdote, catequista, consejero y prefecto. Llegó a ser el decano del colegio, fiel guardián de su espíritu; su conocimiento de fechas y datos del mismo era prodigioso. Seguía con cariño la vida de todos sus antiguos alumnos y de cada uno podía dar informes cuando salían del colegio.

Lo más admirable en don Rafael Cerdá era su fidelidad férrea e indiscutible a la ley; nunca discutía una orden. Le bastaba una norma clara, para esforzarse en cumplirla en seguida. Don Rafael fue como la línea recta del sencillo novicio. En todo quería y procuraba ser un auténtico salesiano, más con el ejemplo que con la palabra. Su espíritu de trabajo, su pobreza y su generosidad eran sobresalientes.

Hay dos momentos especiales de su vida que delatan la bondad de su carácter. El primero fue durante los años de la Guerra Civil española, que pasó con su familia en Onteniente, respetado incluso por las autoridades del comité local; cuando se calmaron algo las aguas, llegó a ser profesor en las Juventudes Socialistas Unificadas y celebraba misa en casa con frecuencia. El segundo fue el de su directorado en Alicante, donde demostró su filial devoción a María Auxiliadora.