José Santos Cuesta Ibáñez
Sacerdote (1884-1955)
Nacimiento: La Aceña de Lara (Burgos), 31 de octubre de 1884
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 2 de junio de 1902
Ordenación sacerdotal: Tuy, 21 de diciembre de 1912
Defunción: Bilbao, 21 de octubre de 1955
Don José Santos nació en el corazón de la más vieja Castilla, en La Aceña de Lara, pueblo mínimo del antiguo Condado de Burgos, el día 31 de octubre de 1884. Sus padres se llamaban Policarpo e Isabel. Tenía tres hermanos, entre ellos uno que se llamaba Roque, que le acompañó en varios colegios. No se sabía si era su secretario, su acompañante o su sombra.
En 1898 fue a Barcelona para comenzar el aspirantado. Hizo su noviciado en 1901 en Sant Vicenç dels Horts. Profesó el día 2 de junio de 1902 e hizo seguidamente los estudios de filosofía. Fue enviado a Vigo a hacer el trienio práctico. En el mismo Vigo estudió, bastante por su cuenta y en plan de enseñanza privada no demasiado exigente, teología. Fue ordenado sacerdote en Tuy, sede de la diócesis a la que pertenecía la ciudad de Vigo, el 21 de diciembre de 1912.
Comenzó pronto su vida activa. Fue prefecto en San Benito, cuando la casa no era regular y era director único de las dos casas de Salamanca el alemán don Germán Lampe. Pasó de allí a ser catequista de Vigo. Durante 20 años fue director de diversas casas: San Benito de Salamanca, convertida ya en casa regular, Allariz, Orense, Barakaldo y Arévalo, donde en una casona del pueblo un grupo de alumnos estaba allí haciendo el aspirantado, mientras se estaba construyendo el nuevo gran aspirantado de aquella localidad. Era un hombre cortado para una casa familiar como aquella. Más que director, parecía y tenía estampa de abuelo. De buena estatura, grueso y calmoso, transpiraba bonhomía y franqueza en todos sus ademanes. Hacía de director y catequista a la vez: consolaba a los alumnos afligidos, animaba a los desalentados, tenía una palabra de estímulo y de confianza para todos. Hasta llevaba al médico a los enfermos.
De Arévalo pasó a Bilbao para ejercer allí su última encomienda: la de confesor de Deusto. El 21 de octubre de 1955 por la tarde fue a confesar a una de las comunidades de monjas que atendía. Volvía ya de noche por la Avenida del Ejército, soplaba un viento fuerte y llovía torrencialmente. Don José se cubría a duras penas con un paraguas. En un momento dado, fue a atravesar la calzada para entrar en el recinto del colegio, cuando un coche que bajaba a toda velocidad lo embistió de lleno. La señorita que conducía el coche se bajó y lo encontró ya muerto. Con ayuda de otros, le metió en el coche y le llevó al Hospital de Basurto. Allí nada pudieron hacer más que las indagaciones pertinentes para identificar y localizar la víctima. Llamaron a un sitio, a otro y por fin, al colegio, que ya estaba alarmado por la tardanza. Se presentaron con la consiguiente zozobra y se encontraron con los tristes despojos. Una vida tan plácida, terminada con una muerte tan absurdamente brusca y tan trágica.
Fue enterrado en el cementerio de Barakaldo, en el panteón acogedor y bien poblado ya de salesianos. Fue humilde y evangélicamente sencillo, y tan buen súbdito, como había sido bondadoso director.