Fierro Torres, Rodolfo

Rodolfo Fierro Torres

Sacerdote (1879-1974)

Nacimiento: Usme (Colombia), 6 de noviembre de 1879
Profesión religiosa: Fontibón (Colombia), 25 de enero de 1896
Ordenación sacerdotal: Bogotá (Colombia), 8 de junio de 1902
Defunción: Sarrià, 2 de diciembre de 1974

Como era hijo de un rico hacendado, pudo frecuentar el internado de los jesuitas hasta que la quiebra de la economía familiar hizo que, en mayo de 1892 fuera llevado al colegio salesiano León XIII de Bogotá.

Decidido a hacerse salesiano, entró en el noviciado de Fontibón (Bogotá), donde profesó el 25 de enero de 1896. En 1898 fue maestro en Uribe; y, después, hizo los estudios de teología para ser ordenado sacerdote en Bogotá el 8 de junio de 1902.

Tras un corto trienio de actividad en su tierra (consejero, catequista y director del noviciado), en 1905 fue enviado a Turín (Italia), donde le destinaron a la secretaría general de la Congregación y, en julio de ese mismo año, sustituyó a Gonzalo San Martín como redactor del Boletín Salesiano español, encargo que mantendrá, con algunas intermitencias, hasta 1960.

En octubre de 1907, don Rinaldi lo envía a Barcelona, con la encomienda de reseñar para el Boletín los festejos que se organizaban en España por la declaración de Don Bosco como Venerable. Don Rodolfo sintió dejar Turín y tener que quedarse en la casa de Sarrià; pero reconoce en sus Memorias que esto le permitió perfeccionar su «personalidad humana y sacerdotal»: en España se me abrían campos de acción; y el paso por Francia, en los frecuentes viajes que debía hacer a Italia, me era utilísimo.

En Sarrià, donde empezó siendo catequista de artesanos, profesor de latín de estudiantes y colaborador de las «cuatro hojitas» del simpático semanario El Oratorio festivo, fundado por don Rinaldi, y de las Lecturas católicas, fue capaz de sacar tiempo, también, para «estudiar la rica y hermosa literatura de Cataluña, concentrándose en las figuras cumbre de Maragall y Verdaguer», para participar en congresos, para recaudar fondos para la construcción del templo del Tibidabo y para dar a la imprenta numerosas publicaciones sobre temas religiosos, pedagógicos y sociales salidas de su ágil pluma.

El 7 de octubre de 1910, en Turín y en presencia de don Rinaldi, traspasó la dirección del Boletín Salesiano en español al joven Manuel Graña. El curso siguiente lo pasa en el colegio de Santander. En abril de 1911 participa en Turín en el Congreso Internacional de Antiguos Alumnos, y en mayo es llamado de nuevo a Sarrià para ocuparse de la propaganda del Tibidabo.

El 13 de junio de 1911, los representantes de los religiosos estaban invitados a defenderse ante la comisión del Congreso que había de dictaminar sobre la Ley del candado, que, presentada por el Presidente del Gobierno José Canalejas, pretendía controlar y limitar la actividad de las congregaciones religiosas. A don Rodolfo, en sustitución de José Pujol que había caído enfermo, le tocó viajar urgentemente a Madrid para hablar en nombre de los salesianos. Su intervención, con un discurso sin retórica, pero cargado de ejemplos de lo que estaba logrando con los hijos de los obreros la educación impartida por los hijos de Don Bosco, contribuyó a encontrar una salida de aquel difícil momento de los religiosos en España, y acarreó a don Rodolfo un gran prestigio, que le valió para hacer oír la voz salesiana en el Congreso Eucarístico de Madrid, en el Catequístico de Valladolid o en la Semana Social de Pamplona, facilitándole provechosas relaciones con las más diversas personalidades, asociaciones, instituciones y autoridades.

Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, vuelve a Turín para atender nuevamente al Boletín Salesiano; pero «el 7 de octubre de 1919 estaba otra vez en Sarrià» ocupándose de las publicaciones, de la propaganda del Tibidabo, de los Antiguos Alumnos… Hasta 1922, cuando tiene que regresar a Colombia, con ocasión de la muerte de su madre; y allí trabajará durante dos años. Después fue destinado a Venezuela (1924-1938), donde se dedicó con generosidad a la educación, primero en Valencia y más tarde en Caracas: «la época —dice él— más bella y fecunda de mi vida de educador salesiano». Le concedieron la Medalla de Oro por sus méritos en la educación.

Pero el trabajo, el clima y los años debilitaron el organismo de don Rodolfo y los médicos le recomendaron reposar en Italia, adonde llegó en el frío febrero de 1938. En la Italia de Mussolini pasó por el quirófano y sufrió el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero halló tiempo para escribir La pedagogía social de Don Bosco y completar el plan de la Biblioteca educativa. Acabada la guerra, en 1946 es destinado a la SEI-Central Catequística Salesiana de Madrid, donde permaneció hasta 1961 escribiendo y ocupándose del Boletín Salesiano, de Don Bosco en España, de los Cooperadores y de los Antiguos Alumnos (que, en 1959, le nombraron Consiliario Honorario Perpetuo), trabajando, al mismo tiempo, con los responsables y las publicaciones de la educación católica en España, que le mereció ser incorporado a la Inspección Central de las Escuelas de Magisterio de la Iglesia.

En 1952, el Ministerio Colombiano de Educación le costeó el viaje para que celebrara las Bodas de Oro Sacerdotales en su país. Entonces, fue propuesto y aceptado como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, ingresando en ella con un discurso sobre Don Bosco en la historia de la pedagogía. Además, los Antiguos Alumnos de Colombia consiguieron para él la Gran Cruz de Boyacá. También recibió el Collar de Isabel la Católica, en 1953.

Retirado en 1961 a la querida casa de Sarriá, preparó sus Memorias. Al pasar los 88 (1879-1968), que —con más de seiscientas páginas— fueron publicadas por Ediciones Don Bosco de Barcelona.

Conservó hasta la muerte, a los 95 años, un claro entendimiento y el equilibrio y serenidad en sus generosos juicios. Siempre optimisma, nunca se le oyó nada negativo contra nadie. No perdió la curiosidad por saber y estar al día, leyendo incansable cuanto estaba a su alcance, como queda reflejado en sus numerosas obras sobre historia y pedagogía salesianas, sociología, literatura juvenil, etc.

Don Rodolfo Fierro, en expresión de don Basilio Bustillo era «un fuera de serie, de alma bosquiana, un salesiano siempre con Don Bosco».