Florencio González Prieto
Sacerdote (1934-2020)
Nacimiento: Villacintor (León), 26 de octubre de 1934
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1952
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 3 de marzo de 1968
Defunción: Valladolid, 14 de noviembre de 2020
Florencio nació en el pequeño pueblo de Villacintor de la provincia de León el 26 de octubre de 1934. Después de haber frecuentado la escuela de su pueblo pasó al aspirantado salesiano de Astudillo (Palencia) y de allí al de Arévalo (Ávila). A continuación, hizo el noviciado en Mohernando, donde profesó el 16 de agosto de 1952. Los estudios de Filosofía los comenzó en el colegio de San Fernando, pero a los pocos meses los estudiantes de Filosofía fueron trasladados al recién estrenado colegio de Guadalajara, pero tuvo que interrumpirlos debido a una grave enfermedad de pleuresía que lo llevó para su recuperación a la casa salesiana de Ronda y después a un sanatorio de Salamanca. Recuperado de la enfermedad, que, sin embargo, le dejó secuelas para toda la vida, pudo hacer el tirocinio en Herrera de Pisuerga. La Teología la estudió en Salamanca, donde debido a los años perdidos tuvo como profesores a algunos que habían sido sus compañeros en Arévalo y en Guadalajara. Con toda humildad los respetó como superiores, aunque ellos le mostraran en todo el cariño y la confianza de compañeros. Siendo un poco mayor que sus compañeros y no gozando de buena salud, recibió el encargo de controlar la marcha de algunos servicios de la casa, por lo que amablemente recibió el nombre de el Cherif, cosa que no le molestaba, sino que le divertía. Fue ordenado de sacerdote el 3 de marzo de 1968.
Florencio vivió su vocación salesiana en varias casas de la Inspectoría con bondad, sencillez, espíritu de crear sentido comunitario. Así lo pueden atestiguar los hermanos que convivieron con él en Zamora, Orense, Oviedo, Coruña, León, Avilés, Vigo y Valladolid donde compartió los últimos 15 años de su vida. Hasta el último momento, hasta su último aliento, estuvo en contacto con los jóvenes. Los jóvenes de la residencia de Valladolid le dedicaron un minuto de silencio el día de su fallecimiento.
Agradecemos al Señor el testimonio y la vida sencilla de este hermano salesiano. Sobrio, cumplidor, siempre dispuesto a cuanto se le pedía. Magnifico ejemplo de esos salesianos, que, sin alharacas, sin ruido, sin aparente brillantez, sino desde la sencillez trabajó con gran espíritu constructivo y eficacia según sus capacidades. Durante toda su vida, Florencio vivió la parábola de los ‘talentos’ que la iglesia recordaba el día de su defunción; para él aplicará el Señor este anuncio gozoso: «¡Muy bien, empleado diligente y fiel! Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de mucho; pasa a la fiesta de tu Señor». Fue siempre muy piadoso y gran devoto de María Auxiliadora, estamos seguros de que desde hoy gozará con ella las alegrías del paraíso.