Jordana Balust, Federico

Federico Jordana Balust

Sacerdote (1889-1970)

Nacimiento: Sarroca de Bellera (Lérida), 14 de julio de 1889
Profesión religiosa: Sarrià, 19 de marzo de 1908
Ordenación sacerdotal: Mataró, 5 de julio de 1917
Defunción: Barcelona, 9 de noviembre de 1970

Nació el 14 de julio de 1889 en Sarroca de Bellera (Lérida), de una familia de cinco hijos, con buenas tierras de labranza, muy cristiana y religiosa, con varios parientes sacerdotes y religiosas.

En 1898 ingresó en el colegio de Rocafort. Hizo el aspirantado en Sarrià (1902-1906). Allí mismo hizo el noviciado y profesó el 19 de marzo de 1908. A continuación comenzó los estudios de filosofía, que hubo de interrumpir por falta de personal y marchar a Valencia para el trienio (1908-1911). Luego prosiguió los estudios de filosofía en El Campello (1911-1913). Los de teología los empieza en El Campello (1913-1915) y termina en Sarrià (1915-1917), mientras alternaba con las clases a los muchachos. Fue ordenado sacerdote en Mataró, el 5 de julio de 1917.

Durante la Guerra Civil española estuvo escondido en casa de sus sobrinos en la calle Aragón de Barcelona. Trabajó casi toda su vida sacerdotal en Barcelona: primero como consejero de Sarrià (1917-1936) y luego también en Sarrià como confesor (1940-1970), alternando con el cargo de director del oratorio de Badalona hasta 1950. En sus últimos años su gran corpachón y sus anchas espaldas fueron perdiendo fuerzas, pues la arteriosclerosis se le generalizó, hasta que murió de un colapso cardíaco, el 9 de noviembre de 1970, a la edad de 81 años.

Don Federico fue el clásico consejero que en Sarrià solía incluir la asistencia al comedor de los mayores. Siempre estaba en su sitio precediendo a todos en el trabajo, respondiendo de la disciplina en general, pero manteniendo una serenidad y alegría profunda, que no pocas veces traicionaba su actitud de hombre duro. Y es que ciertamente imponía orden con su corpulencia y su vozarrón; pero era un hombre de gran corazón, exigente y comprensivo a un tiempo. Como estaba siempre con los muchachos, sabía ganárselos con cosas que les gustaban, como los deportes. El deporte fue para él un campo de apostolado indirecto; lo aprovechó y lo fomentó para oxigenar el ambiente colegial.

Su piedad era sencilla pero profunda; la eucaristía y el rosario eran sus columnas. Por eso debió sufrir mucho en sus últimos meses, al no poder celebrar la eucaristía, debido a su delicada situación de salud.