Antonio Pérez Alén
Sacerdote (1936-2020)
Nacimiento: Cuñas-Celle (Orense), 21 de diciembre de 1936
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1954
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 14 de abril de 1963
Defunción: León, 30 de marzo de 2020
Nació Antonio en el pueblo de Cuñas-Celle de la provincia de Orense el 21 de diciembre de 1936. Eran los meses más duros de la Guerra Civil española, en la que murieron mártires muchos salesianos. Orense había quedado desde el principio en manos de las tropas de Franco y por tanto poco le tocó sentir el trágico momento en que había nacido. Fue a estudiar al colegio salesiano de Vigo-San Matías en 1947. Ya allí se reveló como un chico bueno, piadoso e inteligente. De Vigo pasó al cercano Cambados para cursar allí los estudios previos al noviciado (1949-1953). Terminado, con gran aprovechamiento el aspirantado marchó a la casa de noviciado de Mohernando, donde profesó el 16 de agosto de 1954. Estudió los cursos de filosofía en Guadalajara (1955-1956) y fue enviado para hacer el trienio práctico al colegio de Vigo, el mismo donde había comenzado a conocer a Don Bosco y a amar a María Auxiliadora. Terminado el trienio fue a hacer los cuatro años de estudios de teología a Madrid-Carabanchel (1959-1961), pero al final del segundo año la sede del teologado pasó a Salamanca, donde cursó los dos cursos que le faltaban para ser sacerdote. Fue ordenado en Salamanca el 14 de abril de 1963. Inmediatamente fue destinado como catequista de los aspirantes de Cambados (1963-1965). Desde niño Antonio había mostrado sus grandes cualidades para los estudios, y su facilidad para las lenguas. Por eso fue enviado a la Facultad de Latinitas de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Los veranos aprovechaba para ir a aprender alemán en el aspirantado de Buxheim (Baviera), donde dejó una gratísima impresión tanto por su bondad, como por su facilidad en aprender la lengua. En 1968 volvió a Cambados, como profesor de los aspirantes (1968-1970). El siguiente destino fue el Colegio Don Bosco de León primero como catequista y después como director de la comunidad, pero al cabo de su primer trienio de su directorado en León fue enviado, también como director, a Cambados (1974-1980), donde cumplió los seis años que normalmente dura el cargo de director en una casa. De Cambados fue enviado a Vigo, ahora como vicario de la casa y encargado de pastoral al colegio. Solo un año después volvió de nuevo como director a Cambados (1981-1985). Dejó Cambados para ir de director al colegio de Orense (1985-1989) y seguidamente al colegio de Burgos, donde residían los estudiantes de posnoviciado, como profesor y director de comunidad (1889-1995). Comenzó entonces a notar los primeros síntomas de la enfermedad de Parkinson. Tras un año de reciclaje y descanso en Roma (1996), fue nuevamente destinado como profesor, vicario y encargado de cooperadores a Orense (1996-2002). La enfermedad de Parkinson se le fue agravando y lo obligó a ir a la residencia de enfermos de la casa inspectorial de León. Era el año 2002. Al principio el mal era solamente físico, pero sus facultades mentales seguían estando en plena lucidez. Aprovechó el tiempo con lecturas y trabajos que le encomendaban, sobre todo de corrección de pruebas de imprenta, dando un ejemplo admirable de entereza moral y espiritual a toda la comunidad y sobre todo a los enfermos que moraban con él en la enfermería. Como era costumbre en la casa, los enfermos bajaban siempre a comer con toda la comunidad. Mientras pudo lo hizo por su propio pie y adaptándose con serenidad y alegría a la a vida común, sin excepciones y siempre con cara sonriente. Sin una queja, sin un mal gesto, con la paciencia y serenidad de un santo Job. Participaba activamente en la vida espiritual del grupo de enfermos, con la misa en la capilla de la enfermería y las vísperas y lectura con toda la comunidad de la casa. Por desgracia la enfermedad le fue restando progresiva y visiblemente facultades. Llegó un momento que ya no pudo andar por sí solo y tuvo que ser llevado en silla de ruedas. Más tarde perdió casi por completo el habla, pero seguía con la mente la conversación de los demás. En los últimos años su parálisis era casi total, solo le quedaba la sonrisa y la expresión de bondad que nunca le desapareció. Pasó por momentos muy difíciles en los que la enfermedad le hacía perder la conciencia y no ser él, pero pronto recobrar la calma. Consciente de todo lo que oía y pasaba a su alrededor, pero incapaz apenas de hablar, fue en la Casa de Salud siempre una presencia querida, amiga, dócil, tierna, entrañable.
Antonio fue siempre una persona buena, pero en los 18 años de enfermedad lo elevaron a un grado de bondad por encima de lo normal. No es exagerado decir que Antonio se puede colocar perfectamente la lista de los salesianos apóstoles en la enfermedad, como lo fueron, entre otros, don Andrés Beltrami, el beato Augusto Czartoryski o el venerable don Quadrio.
Tenía 83 años. Aunque había superado en estos años varias crisis muy fuertes, esta vez se ha querido despedir de nosotros definitivamente para unirse a todos los hermanos que interceden por nosotros ya en el cielo y nos animan a seguir luchando por la santidad de vida.