Porras Benítez, Enrique

Enrique Porras Benítez

Coadjutor (1915-1995)

Nacimiento: Montoro (Córdoba), 5 de septiembre de 1915
Profesión religiosa: San José del Valle, 8 de septiembre de 1934
Defunción: Sevilla, 22 de febrero de 1995

Enrique nace en la villa cordobesa de Montoro, en el seno de una familia acomodada, compuesta por siete hijos. Tanto el padre como dos de los hermanos murieron en la Guerra Civil. En su familia hay ejemplos de santidad: era sobrino de santa Rafaela María Porras Ayllón (1850-1925), fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón.

Después de hacer cuatro cursos de bachillerato en el colegio salesiano de Córdoba, sorprendió a su familia con la decisión de hacerse salesiano, cuando apenas contaba 17 años, a lo que en principio se negó su padre.

Marcha al aspirantado de Montilla, pasando inmediatamente a San José del Valle, donde hace el noviciado, rubricado con la profesión religiosa el 8 de septiembre de 1934. Su primer destino, como trienal, es Sevilla-San Benito de Calatrava (1936-1939) y a continuación Cádiz (1939-1940), concluyendo al mismo tiempo sus estudios de bachillerato y consagrándose definitivamente a Dios en Don Bosco el 1 de septiembre de 1940.

Trabaja como coadjutor en Sevilla-Trinidad, encargado de la librería y durante 18 años vive en varias casas salesianas de Francia. De vuelta a España, se instala definitivamente en la casa de Sevilla-Trinidad, como encargado del almacén de electricidad.

Encarnó a la perfección el tipo de salesiano coadjutor: exacto cumplidor de las reglas, siempre disponible. Salesiano activo y dinámico, responsable y meticuloso, lo encontramos siempre enfundado en su bata, siempre disponible a cuantas necesidades surgían dentro del quehacer de la comunidad.

Cultivó el valor de la asistencia salesiana entre los chicos. Disfrutaba dando los Buenos días, con sus temas preferidos: san José y la confesión.

A san José, su gran animador y protector, lo trataba como el mejor amigo del sindicato de trabajo y por eso, lo quiso vivo entre los jóvenes artesanos y se preciaba de ser el encargado de la Compañía de San José. Confesaba en su ancianidad que «no solo sigo con misma devoción de entonces, sino aumentada y profundizada, a pesar de los avatares de mi ya larga vida». A modo de despedida había escrito: Que san José y Santiago apóstol se acuerden de mí.

Al final de su vida, era típica su estampa de abuelo de barba blanca, con gorra encasquetada y equilibrio difícil, que en bici todos los días hacía el mismo recorrido. Afirmaba que en esos paseos estaba la causa de su vitalidad.

Solo 24 horas antes de su fallecimiento los médicos, que no habían sabido encontrar la causa de los dolores estomacales, le diagnosticaban carcinoma de páncreas. No hubo nada que hacer. Los que más lo sintieron fueron los jóvenes de formación profesional, presentes activamente en su despedida con la oración agradecida por el padre, hermano y amigo de todos.

Falleció en Sevilla, el 22 de febrero de 1995, a los 79 años.