Fernando Rabadán Alemán
Sacerdote (1932-1976)
Nacimiento: Espinardo (Murcia), 13 de septiembre de 1932
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1954
Ordenación sacerdotal: Martí-Codolar, 3 de mayo de 1963
Defunción: Cuenca, 1 de mayo de 1976
Nació el 13 de septiembre de 1932 en Espinardo (Murcia); sus padres, José Antonio y Antonia, supieron formar un hogar en el que se fundieron la cordialidad y la reciedumbre cristiana, de las que dieron prueba entregando a Dios en la Congregación Salesiana a dos de sus hijos.
El 30 de septiembre de 1951, terminada la carrera de perito mercantil y siguiendo los pasos de su hermano mayor, Fernando salió de Murcia para el aspirantado, que inició en Sant Vicenç dels Horts y completó en Gerona. En L’Arboç del Penedès (Tarragona) hizo el noviciado y la primera profesión religiosa el 16 de agosto de 1954.
Cursó los estudios de filosofía en Sant Vicenç dels Horts, realizó el trienio práctico en el recién fundado colegio de Cabezo de Torres y teología en Martí-Codolar, donde fue ordenado sacerdote el 3 de mayo de 1963.
Marchó al PAS de La Crocetta-Turín, donde obtuvo la licenciatura en Teología (1963-1964). «Se mostró siempre como un buen compañero, sencillo y bondadoso, en aquel curso pasado en las aulas de La Crocetta preparando el examen de licenciatura —afirma su compañero Fernando Ría—. Disfrutó conociendo la ciudad de Turín y sobre todo los lugares salesianos, aprovechando los pocos ratos libres que lográbamos sacar al intenso trabajo de estudio».
Fue destinado después a El Campello y posteriormente a Villena. En diciembre de 1968 marchó a Santa Cruz (Bolivia), donde realizó una gran labor, reconocida por salesianos y jóvenes. A los seis años, volvió a España y fue destinado como administrador del nuevo colegio de Cuenca, donde su entusiasmo sacerdotal y su capacidad en la entrega al apostolado juvenil prometían una larga y fecunda cosecha, pero a los dos años, el 1 de mayo de 1976, un accidente de carretera truncaba todas las esperanzas.
Había iniciado su trabajo salesiano en su Cabezo de Torres, con ocasión del trienio pedagógico y formando parte de las primeras comunidades de ese colegio, con salesianos dotados de gran entrega y carisma. Allí, en la tierra de sus raíces, fue feliz Fernando que, poseedor de un claro espíritu oratoriano, sabía tratar con todos y caía bien a todos, siempre alegre y sonriente, con ocurrencias y amena conversación, acrecentada por el atractivo de su propia habla murciana.
Así se mantuvo siempre Fernando: sencillo, cordial, simpático, sembrador de paz y de alegría.
No extrañó que durante su estancia en Bolivia se ganara el afecto y el cariño de aquellas gentes, que estuvieron reclamándolo constantemente para que volviera. «Bien por las noticias; —les escribía— me hacen sentir a Bolivia al rojo vivo. Que no me falten jamás, para que se mantenga viva la llama del deseo, y algún día pueda regresar». Él, en efecto, tenía intención y ganas de volver, pero el infortunio se cruzó en su vida en forma de un desdichado accidente.
Su trágica muerte ocurrió en un acto de servicio. Estaba con otros salesianos y jóvenes preparando el campamento de verano en el paraje conquense de La Toba para niños carentes de medios, de acuerdo con algunos párrocos de la ciudad. Y en uno de los viajes con la furgoneta, en un lugar sin aparente peligro, ocurrió el desgraciado accidente y Fernando, que era el conductor, murió en el acto. Era el 1 de mayo de 1976. Tenía 43 años de edad.