Félix Riba Riera
Clérigo (1946-1966)
Nacimiento: Linyola (Lérida), 16 de octubre de 1946
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1964
Defunción: Sentmenat (Barcelona), 15 de abril de 1966
Nació en el pueblo leridano de Linyola, el 16 de octubre de 1946. De la mano del salesiano don José Enseñat, reclutador de vocaciones, inició su preparación a la vida salesiana. Hizo el noviciado y profesó en L’Arboç del Penedès el 16 de agosto de 1964. Comenzó sus estudios de filosofía en Sentmenat (Barcelona).
Aunque era de fuerte complexión, en el verano del primer curso de filosofía y mientras se encontraba en su pueblo por motivos familiares, fue atacado de fuertes fiebres, que persistieron por espacio de un mes. Pero por fin, mejorado incluso su aspecto exterior, pudo renovar los estudios.
El 14 de marzo cayó enfermo de gripe junto con bastantes de sus compañeros. Mientras los demás se recuperaban al cabo de unos días, a él le seguía la fiebre. Hechos los análisis, se le descubrió un inicio de encefalitis meníngea. Ingresado en la clínica Corachán de Barcelona el 5 de abril de 1966, fallecía a los pocos días, el 15 de abril, a los 19 años.
Félix, a juicio de su director, era un religioso cuyas cualidades y virtudes eran una promesa de fecundo apostolado.
Era por naturaleza algo retraído y tímido, no demasiado comunicativo, pero dotado de un gran corazón y sobre todo de una gran fuerza de voluntad y capacidad de reflexión.
En su diario íntimo se encuentran sinceras confesiones de amor a Cristo y a la Virgen: «Cristo. He aquí la razón y el porqué de toda nuestra vida, de nuestra alegría. Cristo. El imprescindible. ¿Quién me apartará de Él?».
«Me gusta sentirme en tus brazos, María, y tu corazón con el mío, que es de Cristo… Tú, callada a nuestro lado, aupándonos siempre hacia Jesús. Te quiero, María».
No tuvo ocasión de ejercer el apostolado. Y no tenía miedo a la muerte, incluso a veces había manifestado su deseo de morir joven. El Señor lo encontró maduro para el cielo, con esa madurez conseguida a base de una entrega consciente, generosa y reflexiva a las exigencias de la llamada del Señor. Vivió conscientemente su vocación.